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miércoles, 18 de septiembre de 2013

La muchacha de Cuixart

Todas las noches cerraba los ojos al mismo tiempo que yo y escondía sus colores en la oscuridad de la habitación. A los pies de la cama parecía encargada de velar mi desvelo o frenar el vuelo de las cortinas las noches en que el viento entraba desde la terraza. Con su mirada iba recorriendo mis pasos según cruzaba por delante de ella, camino de la mesilla de noche para encender la lámpara que dirigía la luz a su cara, como un rayo de sol que atravesara la habitación para darle vida y sacarla del letargo de los días completos en soledad.
Desde encima del sofá o a los pies de la cama de la casa de años después, la muchacha de Cuixart hablaba de tú a tú contándote un pasado que sólo uno imaginaba a fuerza de escrutar las oscuras sombras de los ojos o el carmín rojizo de los labios. Pasó de la carpeta de la espera a un largo viaje que seguramente aún no ha acabado y se hizo fetiche a fuerza de estar presente, como el hito de una carretera, el kilómetro permanentemente repetido. Ella conoce bien el perfil de las esquinas más difíciles, de donde parecen haberla sacado; gira la cabeza para escapar de las cuchillas del invierno cuando la soledad ataca y te empuja el saludo hasta el nudo exacto donde la nostalgia es sonrisa.
Mientras leía recostaba en el cabecero de la cama, mis ojos se iban hacia ella, alertado por el propio silencio que compartíamos desde aquel dia en que comenzó a atravesar conmigo ciudades, tierras y casas. De todos los muros en que había estado colgada, cobraba una vida especial allí, al fondo de mis pies y la colcha blanca, arrojando el color de su figura por todo el entorno, como una llama en la noche. Fue testigo de largas temporadas de ilusión, de las mejores épocas de muchos años, apoyada sobre el sofá blanco de rayas negras, frente por frente al espejo de la chimenea en el que reflejaba la indefinición de su sombrero, la timidez de su sonrisa y los trazos rojos de un cuerpo que era una mera insinuación sobre el papel blanco.
La tarde en que apareció, Barcelona estallaba en primavera, las palomas cortaban el paso en la Plaça de Sant Jaume y en la puerta de la librería de viejo gritaba buscando alguien con quien romper la soledad, la oscura soledad de la carpeta de grabados. Era la pintura más sencilla de aquel grupo de seis cabezas de mujer, de aquellos bustos iluminados que Modest Cuixart había ensoñado y firmado. Entre esas caras insinuadas, los sombreros negros que velaban los ojos en las otras obras, los vestidos que se deshacían en una sombra de color y las miradas estáticas de las otras cinco mujeres, los ojos redondos de la muchacha se llenaban de melancolía y animaban a llevarla contigo como quien compra un confesionario para los ratos en que a la conciencia le da por pensar.
La muchacha y yo compartimos el secreto del destino. Ni yo era el suyo, el previsto para ella, ni ella la imagen que me podría perseguir durante casi una vida, cuando la vida se cuenta en cuartos de siglo. Por encima de la firma de Cuixart, de ese garabato no mejor ni peor que el que hacemos cada día que nos levantamos, el papel se blanquea por donde pasó la miga de pan. Borrar la dedicatoria del pintor a quien iba destinada esa prueba de autor era una puñalada al destino, el del autor o del destino a quien recibió la obra, que se deshizo de ella. Un secreto casi a ojos vista los viajes, los marcos que ha ido conociendo y el tiempo que se filtra por el cristal han sacado a la luz la sombra blanca del papel borrado.
Apoyado yo en el cabecero de la cama y con la luz centrada en su incógnita identidad, esa mujer casi niña se convierte en el espejo donde mirarse cada noche: El esbozo de una sonrisa antes de dormir, la memoria del color de cada día y la mirada permanente en busca del sosiego.

jueves, 8 de agosto de 2013

Don Manuel

Tenía por costumbre no dejar hablar de él fuera de la mesa, donde se encogía hasta convertirse en uno más. Apartaba las migas del mantel a un lado sin rozar aquellos puños de camisa, dobles, que alguna vez llevaron gemelos y fueron de otro: inmaculados, llenos de finos hilos blancos en el borde que contaban lavadas a cientos y lejías por litro entre unos puños de mujer para casi todos desconocida. Comía despacio, deshaciendo el pescado con las manos como si estuviese preparando los trozos de la hostia blanca para dar la comunión. Hasta eso era una parte de su hábito, de su rito colectivo, siempre con ese “todos los demás” en la boca que nunca le incluía a él por voluntad propia.
Te desengañaba todas las teorías sobre la púrpura y el boato de la iglesia que solfeábamos con la rojería a flor de piel cuando llegabas a la puerta de la casa del cura, al lado de la iglesia de los Remedios, un banco de madera, una mesa de despacho, una silla y una cama de 90 en un lugar recogido era todo, como aquellas casas de maestro de los años 50, con el brillo chillón del pino barnizado. Allí, alrededor de esa mesa, se agolpaban todas las historias silenciadas de Estepona, la suya incluida, ahora si, del sueldo que daba a una familia para que sus dos hijos estudiasen a cambio de lavarle y plancharle la ropa, y le pusieran en condiciones esas botas de media caña que alguien le regaló para invierno y verano
Ya lo conocían bien, sabía cómo era. Desde aquella noche que se enfrentó al obispo de Málaga y durante semanas  intentó hacerle la vida imposible desde la COPE por negarse a decir la misa del aniversario de la muerte de José Antonio, ya muerto Franco. Una noche entera escuchando los portazos de los coches de policía que no pudieron mostrar de otra manera su saña. Poco tiempo antes era la compañia fija de los camioneros malagueños en su huelga salvaje. Camino de la cárcel, como uno más del piquete, se alegraba de “disponer de más tiempo para leer esa nueva Biblia que me han enviado”.
Elegido el pescado de los cubos en Casa Antonio, en la playa de Sabinillas, don Manuel esperaba el plato mientras desmigaba el pan y hablaba de esa universidad que Málaga necesita para darle una salida al menos cultural a la gente del paro, el mal periódico del mar y el permanente de la tierra. No era suficiente haber creado un barrio, el barrio del Cristo, para pescadores ni rezar durante cincuenta años en aquella iglesia del alto del pueblo, rosario de geranios reventones arriba por las esquinas. Un sueldo de cura no era nada frente a esa realidad, ni la palabra de la misa el bálsamo de fierabrás debajo de ese cristo suspendido, desnudo, sobre el altar, una piedra desnuda dentro de una iglesia encalada hasta hacer daño a los ojos y sin una imagen que te distraiga de la historia principal, la de aquel colgado hacia el que don Manuel levantaba las manos pidiendo ayuda.
Con un pie en la parroquia y otro en la vida, don Manuel era el resumen de aquella ideología de la Izquierda Democrática de Ruiz Jiménez de tan poco éxito, salvo el personal, o la preocupación reciente que se veía en los ojos de Pepe Chamizo, que ya no es Defensor del Pueblo desde un cargo de esa Andalucía que por arriba viaja a la deriva y por debajo va juntando como puede los pedazos de una vida normal tan imposible. Todos ellos tuvieron o tienen ese toque pausado, ese gesto reflexivo antes de que la palabra salga. Uno, don Joaquín, quería que la iglesia, como la de la COPE DE entonces y ahora, formase parte del gobierno de la democracia diaria. Otro, don Manuel, le preocupaba el dia a día y contar con Dios aunque no con la Iglesia. Y otro, don José, Pepe, ocupó un despacho desde el que lanzar dardos a la política que no creía en dios ni la iglesia o abusaba de su nombre en vano.

Don Manuelnos guió por ese callejón del bienmesabe de Estepona y en cada puesto había un adiós, como una oración diaria en voz baja
El sol traicionero de aquella tarde te llevaba calle arriba hasta los Remedios. Doraba los rayos sobre el lomo negro de esa escultura en hierro, la de un cura negro de cara inexpresiva y sotana al viento. Sotana, ausencia, puños nuevos… A los hombres a veces nos cuesta entender las obras de otros hombres. Pero cuesta más aún entender el desconocimiento.


miércoles, 29 de mayo de 2013

En tu nombre: Charo y el arrebato

Ella dice que todos los amaneceres vienen cargados de truenos y que hay días que ni se ve el fin del cielo. Sabe que su queja, lo suyo, es pan nuestro de muchos y que las ilusiones son parecidas a los espejismos, que sólo los vive quien dice verlos, a veces para reconocer que a la vida hay que ponerle un cristal de color de cuando en cuando.

Foto "Diario Vasco"
Ella vive cada cosa como un caso especial, que para eso ha dado media vida por conseguir que lo que piensa se parezca a lo que piensan los demás también sin pensar en ella misma. Y sabe que mucho de lo que ella es lo aprendió de quienes le daban sopa e ideología al medio día y un "salud" para cada noche.

Tiene valor, suena a trueno de vez en cuando. Pero ella es así, por eso envuelve su pie pequeño en bota de piel de carlista, como le dice un amigo que la quiere bien y le asombra tanto valor continuado entre tanta hojarasca que arde como ascuas, para ser nada, o se la lleva el viento de hoy para mañana. 

Le cuesta reconocer que los suyos le duelen más. Especialmente los que dicen que son los suyos y pasa las horas frunciendo el ceño, escudriñando si son los propios o es carnaval por estas fechas.

Tiene el hervor a flor de piel y la sonrisa se le escapa como si no quisiera enseñarla, entre los labios fruncidos como quien se ajusta un cinturón en el almario. 

Anda escupiendo diablos estos días porque aquellos que fueron de su padre y el de ellos se han pasado al lado opuesto del camino, cortando de cuajo tanta ilusión y esfuerzo de tantos viejos y algunos nuevos. Se han pasado a la zona oscura del futuro, donde ser públicos o clandestinos es igual porque no se les nota. Más ahora, que andamos todos reclamando ojos abiertos para las mentiras que vuelve a mandarnos.

Piensa que ya no son de nadie y le duele más su propia orfandad que los errores ajenos. Le cuesta perdonar y esperar, pero lleva peor que le cortaran el hilo de su creencia, ese que va de padres a hijos o a hermanos recorriendo la historia porque sobre ese hilo que ahora han roto caminan cientos sin otro apoyo. 

Hemos quedado un día de estos que ya vienen, con un café delante para contarle que su ira de hoy tiene un pasado en el que germinaron la desgana y la tropelía que a ella más le duele. Explicarle que ese hilo roto vuela por un soplo del viento desde hace décadas, cuando unos callaron convencidos de que era mejor vender seguros que mover fábricas, que era más útil comer con Fabián Marquez, el de la CEOE, que en aquel Bocho de San Bernardo, donde compartías los chipirones y escribías historia con la tinta. 

Va a ser de día pronto, pero es mejor dejar escritas las ternuras a estas horas, que las mañanas las carga el diablo de arrebatos. 


Edimburgo, de madrugada

domingo, 14 de abril de 2013

En tu nombre: Guillermina


Bajo el arco de aquella escalera de madera quejumbrosa, una puerta de cristal y un visillo como una niebla daban paso al lugar donde ella estaba. Sentada en una silla de brazos y un cojín en la espalda, recibía los besos de llegada con esa cara lastimosa de los hospitales. Los brazos apoyados en la madera, con las palmas hacia arriba, parecían esperar una bendición o un perdón que no llegaba a esa hora de la tarde. Le separé las vendas de las muñecas y vi con sorpresa que el cuchillo de cortar carne fue más cuidadoso que ella misma, que la mano asustada solo había conseguido calar la piel y rozar las venas y dejar siete surcos de sierra desde la muñeca al antebrazo. Arañazos en un intento de suicidio que clamaba a gritos la tristeza.

Tenía nombre de poema mi dueña Guillermina, Mina en abreviado y coloquial, y cantaba tangos a solas intentado atiplar la voz y la ronquera, con los ojos directos al techo, ahí donde rebotaban cada noche las esperanzas, la inquietud por el corto mañana y la memoria marinera y neoyorquina. Cuando me cogía en brazos al anochecer ya sabía que la jornada terminaba y subíamos a casa de Paloma, la dueña de la finca. Aquella jerezana tierna y flaca como una jamelga hambrienta abría la puerta como si Mina fuese su hermana y yo escapa maullando de alegría a la cocina, en busca de los ripios de la cena.

Las noches de alfombra, en la sala de caireles y lámpara de opalina con forma de flor era el otro refugio de los dos, el de Mina y el mío antes de que Carmen Sevilla anunciase los premios de la ONCE, que siempre caían lejos, a miles de metros de la esperanza. Las dos dormian con el run run de televisor, diesen lo que diesen, hasta que Mina despertaba de vuelta de algún viaje, miraba alrededor con ojos espantados, bajaba la mano y allí estaba yo, entre sus dedos de aquel anillo de oro liso, como una argolla que la ataba con el tiempo. Dos plantas más arriba dormíamos, escalones de madera más pequeños y buhardillas confundidas con trasteros, pero más cerca de la luz y las estrellas que se descolgaban por el lucernario de la escalera.

En aquella buhardilla teníamos el hueco propio, el destinado al servicio desde antaño, con un techo en pendiente hacia Espoz y Mina por donde el agua se despeñaba en aquellos días como un diluvio contra el pecado de las aceras. En aquella manta rosa y marrón que fue y vino de Muros a Nueva York y media vuelta, la gacela oscura brincaba cada noche perseguida por los sueños que aterraban a Mina al acostarse: Mañana, mañana, tomorrow, decía, como si cantara la vieja canción de la radio de cuando servía en la Castellana, con aquellos americanos que la llevaron consigo. Esa gacela me imponía, sus ojos brillaban o tal fueran los míos en la oscuridad y atravesaba toda la cama como un diablo negro venido de las pesadillas. La mano de Mina descargaba sobre mi cabeza cada vez que oía revolverme, déixame dormir, carallo, como si fuese la oración de cuna de cada madrugada.

El cuchillo de puño de nácar atravesó la piel de vez en cuando pero la carne de Guillermina parecía endurecida por los avatares, el recuerdo de la falda corta hasta la estación del Norte, el abrigo a media pierna de su hermana y un sobre cosido por dentro de la blusa con tres billetes de pesetas y uno de tren para la vuelta. Justo enfrente la esperaban, aunque no esperaba ella quedarse allí por tantos años, limpiando escaleras y rincones de un café en crecimiento de metros, gente y basuras. Me lo contaba ella, mirando en los nudillos los meses de frío en la Avenida de Valladolid, con el tren enfrente, siempre a mano, y la cabeza puesta al otro lado del mar. Tomorrow, mañana, mañana pensaba en silencio en cada escalón que recordaba. Del bar a la pensión, 82 peldaños y vuelta abajo.

Esa día comieron empanada, esa que Mina amasaba y rellenaba de cuando en cuando con los hilos de la memoria que su madre le contaba conforme la iba construyendo, antes del horno de hierro, junto a dos hermanos y un padre que miraba fijo desde la puerta del Empire State, donde había aprendido a cargar bultos y hacerse un hueco en los ascensores y a repetir la clave de sol en los botones. Tomate, pimiento y cebolla, bien sofritos a fuego medio y aceite de oliva y dos ajos en lonchas, un poco de colorante y revolver, a un lado de los aros de las hornillas, mientras dejas que la masa se asiente, agua y harina hasta que pida. Después de comer la miré a los labios mientras cantaba la habanera de Muros y los tenía morados, no sin color, sino con otro que no era el suyo. Siguió cantando según cerraba los ojos, dejó caer los brazos, con las manos nevadas de venda y frías como témpanos en la Puerta del Sol. No cabía más vida en ese corazón, era imposible que siguiera contando más veces cómo era el colchón de Castellana a Espoz y Mina y viceversa. Le faltaba una semana para jubilarse, ese mañana de ansiedad que le quitaba el sueño.

El día les pilló a todos en el sofá, cantando habaneras de carnaval y un tango arrastrado que les enseñó tío Suso. Me llevaron hasta la portería, detrás del paño de niebla de los visillos, y volví a mi sitio de siempre mientras comenzaban a recoger todas las cosas de ese rincón de vigilancia, lleno de tuberías de gas ciudad y contadores, una mesa redonda y cuatro sillas con brazos y un cojín de flores. Desenchufaron la televisión como si Carmen Sevilla fuera a salir en su busca y guardaron la ropa en bolsas para un asilo. No quedó nada, ni siquiera las lágrimas de aquella noche. Todo vacío, menos la nevera, un cojín y yo encima, sintiendo ese run run permanente que me amortigua hoy los latidos del corazón y el miedo de gato.

domingo, 11 de noviembre de 2012

En tu nombre: Queta


Venía amarrada al miedo
los brazos sobre el vientre
para frenar el vértigo del cuerpo
el vértigo del miedo
-o la fuga del escaso ánimo-.

Hace tanto tiempo que vive conmigo
y nunca vi un temblor igual
sino en el temblor de su caricia
la ternura del adiós de siempre
o el abrazo inmediato de otros días.


De cuando en cuando
las vidas van y vienen
o nosotros volamos de país a país,
y en esas horas de equilibrio
desasosiego e incertidumbres
ella siempre está en el final de la pregunta,
en el punto justo del envite
el espaldarazo y soplo de alivio en los oídos.

Descubrimos juntos las hortensias sin olor
y la vida sin agua de las flores,
escuché en silencio su queja
callada y dolida
y vomitamos juntos contra el olvido,
unimos los minutos que nos unieron
y esperamos pacientes el sosiego.

Queta vino hasta la casa
y cambió la luz.
Todavía vivo el resplandor
sobre las horas,
el calor recuperado de esos días.

lunes, 23 de abril de 2012

En tu nombre: Susi

Foto: Juanfago
Miraba hacia el río, y no era el de A Xainza, tan cerca de su casa. En realidad, no era ella, sino una mirada de esas que vemos en la pantalla de cine y nos hace que el corazón de un brinco. Fue así, como cuando se te encoge el estómago de improviso y recuerdas que se te olvidó hacer algo importante. Como hace años al subir a aquel avión y ver de perfil a tía Esperanza, su recuerdo en mi memoria para ser más cierto, porque hacía algunos años que se había ido. Aquel río de la película y la mirada que cobijaba, como un estallido de color y melancolía infinita, me hicieron acordarme de ella.

Cada día mas, conforme avanzan los años, la acumulación de vida, crece esa sensación de peso, de emociones acumuladas, y vives la impresión de no llegar a todo, de que cada día viene predeterminado para el qué o el quién ocupas tu tiempo. Quizás la vida o la edad sean eso, el ejercicio de vivir y seleccionar después, una injusta manera de sobrevivir aparcando recuerdos y nombres .... vida a cada lado del río.

Esa forma de mirar era propia de ella, unos ojos muy abiertos y un gramo de tristeza en el lacrimal, aunque su boca siempre era capaz de surcar la mejor sonrisa, abierta, como sugiriendo un abrazo tierno o un beso cálido. Sentada en la cocina de hierro o en la silla blanca de la huerta, tenía esa habilidad tan especial, la que sólo tienen algunas personas para convertirse en el punto al que todos miramos, hacia el que todos sonreímos, el que nos provoca la mayor y más compartida de las ternuras.

Vive sola, arriba de una loma a las afueras, desde donde mejor se ve caer la lluvia entre ella y la historia de las piedras de esa ciudad que la han hecho espectáculo y esperanza de creyentes. Su casa, como ella, abierta, es un punto de luz absoluto, mientras los versos de Benedetti corren de arriba a abajo por la puerta del frigorífico y en la pared del salón, en una suerte de juego de palabras que sólo él sabe unir y ella interpreta; ficha a ficha, en un dominó en el que todo encaja hasta estremecerte frente a la pared blanca de luz blanca.

Años atrás le compramos un violín, en esa ciudad de piedra, en una tienda oscura que se abría entre calles húmedas y frías, aquel invierno gallego tan lleno de ilusiones. Violín y Susi tuvieron un tiempo de vida en común, como una pareja a tres compartida con las clases y el profesor. Dormirá, como en el poema, en el ángulo oscuro del desván, que es donde ponemos a descansar la música cuando las notas nos quitan tiempo o nos exigen años, demasiados para dedicárselos

No era ella, pero esa expresión era inconfundible: El brillo de los ojos, el mundo reflejado hacia el fondo, y una sonrisa que te abre los brazos como desencajados de afecto.

El rio de A Xainza, que se parte en dos hasta la ria, la alimenta y disimula las mareas, pasa todos los días por junto a su otras casas, las de antes. Arriba, en la loma donde se escuchan las campanadas de peregrinos, Susi es la llamada de cualquier noche de cine que te abre la memoria de sopetón y te estruja el corazón con los dedos de la nostalgia.

jueves, 12 de abril de 2012

En tu nombre: Celina y el 15-M

Celina es en mi memoria lo que otras muchas mujeres en el recuerdo de los hombres: ese látigo de luz que te despierta de la adormecida de vez en cuando y recuerda que la realidad es más una somnolencia que la verdad misma. Era natural encontrarlas detrás de las siglas del 15-M o cualquier otra denominación para ese Basta Ya de tantas causas contra el hastío. Es decir, que en este caso la marca es una circunstancia que permite facilitar la comprensión, con un simple golpe de vista, de todo lo que se refugia bajo ese paragüas de la denominación, comenzara ese 15 de mayo o mañana mismo. Hay un latido intenso que se sale del corazón y revuelve la inteligencia no en busca de nuevas verdades, sino para despertar las ya existentes y las potenciales, que siempre están cerca de la mano cuando se desean firmemente.

Las Celinas del 15-M tienen nombre propio y su mejor apellido es Libertad para encaramarse hasta la fachada de los informativos y de estas redes sociales como quien alertaba desde el puesto vigía. Lo hicieron el 15-M con el riesgo de la intemperie de la plazas o la intemperie de la incomprensión. Desnudas de miedos, han puesto un blog como mural en el que escribirse contra la desidia, el hastío, la falta de justicia real y los abusos frente a la convivencia.

A pecho descubierto, este paisaje de intemperie solo puede traernos de su mano un gramo más de inquietud y fortaleza para quienes siempre consideraron que no era suficiente tener un techo con el que cubrirse. La intemperie dura más, pero construye hábitos de libertad, de los que tan faltos andamos.


Asamblea Feminista 15M Iruña / Iruñeako 15M-ko Batzar Feminista



miércoles, 21 de marzo de 2012

En tu nombre: María

Supuse que ya no volverías cuando vi que la luz del salón se apagaba. Sabía que estabas allí por el movimiento de muebles y la desbandada de los pájaros que anidaban de costumbre en el patio, al cobijo del silencio y de tu ausencia. Me había comentado mi padre que estabas por aquí, aunque hace tanto que no nos vemos, como los postes de la luz, quietos, fijos al suelo, mirándose a diario cruzando solo cables para palabras ajenas.

Esta forma de entender las cosas que me enseñó mi madre, con calma, una cierta distancia y guardando los sentimientos con los dientes caídos para el ratón Pérez, debajo de la almohada, me vino bien esta tarde anochecida, para dejar la memoria quieta y volver a mi libro según volvía la oscuridad a la casa. La costumbre de no verte se instala en la bisagra de los días y pasan en silencio, sin crujidos ni sobresaltos, aunque se que en el quicio de la puerta se van apilando las horas, apretadas junto a los días de hace tanto tiempo.

Era previsible. Podía haber pasado antes incluso. Ese abandono continuado a cal y canto ya no era normal en ti. Es verdad, como tu decías, que convivir es más que ser vecinos. Y esa convivencia a salto de muro había sido estrecha. Tu nos oías jugar en el patio, a este lado de ti; oías a mi padre andar en la cocina y a mi madre hablar por teléfono para decir que Alex había nacido bien, como un rey menor entre hadas mayores.

Yo te veía de noche, desde donde estoy ahora, desde mi mesa, frente a la ventana del piso de arriba. Sentado en la butaca blanca de plástico, mirando fijamente hacia mi casa, o por encima de mi casa hacia no sé donde. Ensimismado con un punto fijo a la luz de la luna y ese farol que asomaba, como una luna nueva, por encima de la tapia, por detrás del ciprés. Y siempre, bueno, casi siempre, por detrás de tu mirada, el sonido del agua de esa fuente artificial que decías que te llevaba hasta el patio de los naranjos en Córdoba. Igual era allí donde estabas cada vez que te veía mirar, quieto, fijamente hacia arriba, como si nos mirásemos a los ojos tu y yo.

El ruido de los muebles me había sacado del libro un par de horas antes. Fue como un timbrazo de aviso que me llegaba desde abajo, una alerta llena de significado y, de nuevo, sin palabras. Te vi cruzar el ventanal del salón y mirar el laurel, y me pareció ver crecer en tus ojos, en un segundo, toda esa historia verde que durante tantos años había ido ascendiendo ante mi a base de goteo excesivo, de sombra creciente y olor en las manos. Luego pasaste la mano por el cristal, como los mimos cuando inventan cristales que no existen, seguramente para convencerte de que todo era real, incluso el frío sol de esa tarde.

Anoche pasaban una película en la tele en la que se veía a personas que cerraban los ojos y se preguntaban unos a otros donde tenían los ojos, los oídos, los labios. Y unos y otros iban buscando con las manos cada parte para confirmar que reconocían el cuerpo, la cara de los demás. Un ejercicio de memoria decía que era lo que hacían. A mi me recordaba esas miradas perdidas de algunas tardes, con el libro entre las manos, cuando miraba la hiedra, el rosal asilvestrado, ese árbol enorme que se cruzaba por medio de nuestras casas pero que saltaba el muro y unía como sin querer los dos patios; me recordaban tanteando con sus manos las caras de los otros aquellas mañanas en que yo me dejaba mojar las manos con los hilos de agua de la fuente entre las risas de mi madre; me recordaban cuando ya no estabas e iba repasando con los dedos de la memoria los ratos de sombra bajo el toldo azul oscuro, por la noche os juntabais por no se qué cumpleaños y los pájaros esperaban que os marchaseis para inundar las ramas que invadíais de luz.

Sabía que, antes o después, lo harías, que apagarías la luz para marcharte. Por eso el clic clac del cerrojo ya no me dijo nada nuevo. Sólo que una tarde de estas, cuando menos lo espere, veré una cara en la ventana, que ya no serás tu, y el quicio de la puerta se habrá vaciado de memoria.

miércoles, 7 de marzo de 2012

En tu nombre: Laura

Laura tiene alergias. Un largo rechazo a no se cuantas cosas que la traen a mal traer. Pero con ellos ese rechazo no puede: el sol y el olor a azahar malagueño se pegan a su piel, como una nueva piel, que permanece a pesar de los días y el peso de las noches en blanco.

Tiene 23 años que le han ido cayendo como las hojas de una loca puerta giratoria, con un descubrimiento, un golpe o una caricia a cada vuelta. Estudia. Laura ha vuelto a coger los libros y decidió, en una de esas vueltas de la puerta giratoria, hacer psicólogía infantil.

En el Rubicón de una adolescencia tardía, madura sin querer y con algunos faros marinos destrozados, decidió penetrar en las razones, en los meandros de la mente infantil, por los que ella ha transitado tantos años y tan procelosamente. Saldrá triunfadora de esa travesía, aunque los faros ciegos no consigan atravesar la arena con sus señales.

Laura sabe que no es fácil. Ni siquiera vivir es fácil. No será fácil andar en Andalucía en los próximos años, tan crudos como en el resto, pero más oscuros, más desesperanzados porque en los momentos de crisis los seres humanos se dividen entre los que empujan al abismo y los que advierten de la profudidad del abismo. Y unos más otros pueden invitar a perder la esperanza. A los demás.

Laura ha puesto la esperanza por delante y va a hacer abuela a su madre. Bisabuela a esa vigía permanente que es la madre de su madre, y de paso les hará algo mas felices a los demás, porque su valentía enaltece los miedos de esos otros y su arrojo les pone alas para levantarse de esta lona donde un día les arrojaron desde Nueva York unos desconocidos aprovechando que Dios y Marta Harnecker se habían ido a un evento de la HOAC.

Ya sabe que será un niño, por ahora, lo cual es una alegria para el futuro, cuando vuelva el futuro a su sitio, para no tener que pelear tanto por un puesto de trabajo como iguales entre desiguales.

A Laura le gustaba posar ya en esa época en que las coletas se le rizaban y sus ojos cerraban con coquetería infantil aquellas hermosas pestañas, aunque ya sabía que las sombras que se estaban extendiendo por encima de su piel, como ese olor a azahar de ahora, penetraban por los poros, directos al corazón, donde se esconden por un rato las emociones.

Laura piensa que si es niño, como parece, pondrá un gramo en la balanza desequilibrada de su casa, donde las mujeres pelean contra el odio y arañan la ternura al anochecer.

Laura está feliz de ser madre, de ser niña madre frente a tanta desesperanza. Lo viene diciendo estos días, como un estallido prematuro de vida, conquistada de improviso su condición mayor, la de apostar una vez por dos al mismo tiempo.

sábado, 25 de febrero de 2012

En tu nombre: Pilar

Costaba saber que estaba allí, al otro lado de la cristalera que dividía el inmenso despacho en cuchitriles para periodistas, un espacio de categoría mayor para aislar señalando a los que aparentemente mandaban algo. En el cristal de aquella pecera parecían sobrevolar tres o cuatro recuadros blancos, que solo ella sabía que eran fotos y algún dibujo infantil o para niños. Siempre casi escondida detrás del cristal y de esas gafas que no pasaban desapercibidas, Pilar cumplía su labor, con una disposición siempre de agradecer,
A la vuelta del cristal, cuando te asomabas a ese espacio compartido, aparecía ella como recién llegada desde la lejanía, de la concentración o de sus pensamientos. Miré una de esas fotos de la cristalera. Delgado, en un primer plano, anguloso, Enrique Sierra saludaba al visitante. No recuerdo cómo lo dijo, pero con lo que dijo supe que era su pareja, que formaba parte de su otra vida, más allá de las notas de Prensa ministeriales.
Cada vez que entraba en aquel despacho él era testigo de esa admiración por esa mujer pausada, cierta. Y yo testigo a mi vez de ese vínculo entre una etapa viva, abierta, inquieta, y aquel entorno tenso, agrio, en que ambos trabajábamos.
Pilar me dijo adiós el día que me tocaba con un cuento, un disco-libro con canciones infantiles. "También hacemos esto", dijo, antes del beso de despedida. Hace pocos días que hablaba de ella, de su capacidad de emocionar en voz baja, de trabajar a brazo compartido, sin ruido bajo aquellos inmensos techos del Ministerio. Hace pocos días leí antes del alba que Enrique Sierra había muerto. Como si me hubiese estallado la cristalera en la cara, la busqué en una red social hasta dar con ella. No soy capaz de verlo a él, en la foto o en este video añejo, sin ver moverse detrás esa sombra de gafas grandes y mirada cómplice.