miércoles, 21 de marzo de 2012

En tu nombre: María

Supuse que ya no volverías cuando vi que la luz del salón se apagaba. Sabía que estabas allí por el movimiento de muebles y la desbandada de los pájaros que anidaban de costumbre en el patio, al cobijo del silencio y de tu ausencia. Me había comentado mi padre que estabas por aquí, aunque hace tanto que no nos vemos, como los postes de la luz, quietos, fijos al suelo, mirándose a diario cruzando solo cables para palabras ajenas.

Esta forma de entender las cosas que me enseñó mi madre, con calma, una cierta distancia y guardando los sentimientos con los dientes caídos para el ratón Pérez, debajo de la almohada, me vino bien esta tarde anochecida, para dejar la memoria quieta y volver a mi libro según volvía la oscuridad a la casa. La costumbre de no verte se instala en la bisagra de los días y pasan en silencio, sin crujidos ni sobresaltos, aunque se que en el quicio de la puerta se van apilando las horas, apretadas junto a los días de hace tanto tiempo.

Era previsible. Podía haber pasado antes incluso. Ese abandono continuado a cal y canto ya no era normal en ti. Es verdad, como tu decías, que convivir es más que ser vecinos. Y esa convivencia a salto de muro había sido estrecha. Tu nos oías jugar en el patio, a este lado de ti; oías a mi padre andar en la cocina y a mi madre hablar por teléfono para decir que Alex había nacido bien, como un rey menor entre hadas mayores.

Yo te veía de noche, desde donde estoy ahora, desde mi mesa, frente a la ventana del piso de arriba. Sentado en la butaca blanca de plástico, mirando fijamente hacia mi casa, o por encima de mi casa hacia no sé donde. Ensimismado con un punto fijo a la luz de la luna y ese farol que asomaba, como una luna nueva, por encima de la tapia, por detrás del ciprés. Y siempre, bueno, casi siempre, por detrás de tu mirada, el sonido del agua de esa fuente artificial que decías que te llevaba hasta el patio de los naranjos en Córdoba. Igual era allí donde estabas cada vez que te veía mirar, quieto, fijamente hacia arriba, como si nos mirásemos a los ojos tu y yo.

El ruido de los muebles me había sacado del libro un par de horas antes. Fue como un timbrazo de aviso que me llegaba desde abajo, una alerta llena de significado y, de nuevo, sin palabras. Te vi cruzar el ventanal del salón y mirar el laurel, y me pareció ver crecer en tus ojos, en un segundo, toda esa historia verde que durante tantos años había ido ascendiendo ante mi a base de goteo excesivo, de sombra creciente y olor en las manos. Luego pasaste la mano por el cristal, como los mimos cuando inventan cristales que no existen, seguramente para convencerte de que todo era real, incluso el frío sol de esa tarde.

Anoche pasaban una película en la tele en la que se veía a personas que cerraban los ojos y se preguntaban unos a otros donde tenían los ojos, los oídos, los labios. Y unos y otros iban buscando con las manos cada parte para confirmar que reconocían el cuerpo, la cara de los demás. Un ejercicio de memoria decía que era lo que hacían. A mi me recordaba esas miradas perdidas de algunas tardes, con el libro entre las manos, cuando miraba la hiedra, el rosal asilvestrado, ese árbol enorme que se cruzaba por medio de nuestras casas pero que saltaba el muro y unía como sin querer los dos patios; me recordaban tanteando con sus manos las caras de los otros aquellas mañanas en que yo me dejaba mojar las manos con los hilos de agua de la fuente entre las risas de mi madre; me recordaban cuando ya no estabas e iba repasando con los dedos de la memoria los ratos de sombra bajo el toldo azul oscuro, por la noche os juntabais por no se qué cumpleaños y los pájaros esperaban que os marchaseis para inundar las ramas que invadíais de luz.

Sabía que, antes o después, lo harías, que apagarías la luz para marcharte. Por eso el clic clac del cerrojo ya no me dijo nada nuevo. Sólo que una tarde de estas, cuando menos lo espere, veré una cara en la ventana, que ya no serás tu, y el quicio de la puerta se habrá vaciado de memoria.

2 comentarios:

  1. Cuántas cosas se pueden decir en tan poco espacio. La memoria es imprescindible. Los recuerdos, necesarios. El amor que se recuerda, sea del tipo que sea, siempre es el mejor. ¡Qué bonitas cosas escribes!.

    Besos y abrazos

    ResponderEliminar
  2. me gusta, hoy he hecho uso de mi memoria al escuchar una cancion y poder echar mano de ella cuando se quiere es sentir la vida en toda su grandeza....me gusta aurelio

    ResponderEliminar