viernes, 10 de febrero de 2017

Mi apodo es "Rosablanca"

A mi primo “Manolín” Romero Cabrera,  que quería saber


Probablemente debería haber nacido en un pueblo de la sierra cordobesa, a mitad de camino entre la dehesa y el agua que rozaba Los Nogueros; habría vivido allí y terminado por colocar las botellas del Café Español, junto a Manolín, el otro Manolín primo, mirando de reojo al estirado Machaquito y disfrutando las albóndigas de la tia Julia. Podría haberme encontrado junto a Felisa sonriendo a los clientes y verla hacer caricias a los críos en San Isidro.  Y probablemente, como muchos otros, habría terminado por vivir en Córdoba, Belmez, Pueblo Nuevo, Barcelona o Palma, porque nada hay escrito sobre nosotros.
Mi hermana Araceli es quien mejor conoce a los Serrano, la familia de mi madre, y a mi propia madre, que era la suya. A su pesar, no puede evitar ser más Rosablanca que Serrano, aunque de que se defienda de serlo. Pero tuvo la suerte de ser la primera y vivir esa etapa, si la hubo, en que los apellidos mandan poco y, aunque se viva en un corral, la ilusión de los comienzos tiene apellido propio. Luego no es peor; sólo es diferente. Todos los hermanos, aunque se pueda pensar otra cosa, arrastramos la envidia de los años que mi hermano Francisco vivió, hasta los 14, en el pueblo, y se que él puede haberlo vivido de otra manera. La llegada de la abuela Bernarda a Ciudad Real traía con ella el luto formal de la familia, pero su sonrisa era la de Villanueva, aquella casa difusa repartida por todo el pueblo de nuestra memoria, y las sombras de las parras. No era la envidia del decorado. Arrastrábamos el desgarro de estar donde no pensábamos estar sabiendo que existía ese lugar donde hubiéramos deseado seguir o comenzar a vivir.
Yo no tuve elección. Nací Romero porque, a esas alturas de la vida de los padres, un hijo tardío viene con los genes repartidos, aunque siempre ese miedo innato de los Serrano tuviera sobre mi una mano para protegerme, superprotegerme, fuese mi madre, mis hermanas… Mi padre marcaba duramente las normas de convivencia cuando estaba presente y consciente. Pero, al final, esa casa solo podía ser una república, amable, temerosa, llena de edades diferentes y desarrollos personales diferentes. Tal vez como todas, pienso.
Pero nací Rosablanca, también por despecho al entorno, al tipo de pandilla tantas veces excluyente, y el tiempo más dulce de la memoria siempre era cuando estaba o volaba hacia la fuente de La Membrillera mano a mano con Adela o con el beso de Concepción en la mejilla. Dejé de estar allí cuando creí haber encontrado una tercera vía entre lo que deseaba hacer y lo que me dejaban hacer y por eso elegí ir al Seminario, sólo por unos meses, pensando que allí vivía la paz, el sosiego. A doña Paz, la madre de un amigo, la conocí antes; era la madre que iba buscando, porque casi nunca nos gusta la nuestra, o no la encontramos cuando volvemos la cabeza, o no sabemos lo que queremos decirle y ella no lo adivina.
Con el tiempo, al poco tiempo, descubres que Dios no vive en los seminarios y vuelves al camino que habías apuntalado. Magisterio. La elección había sido fácil. En Ciudad Real estudiabas, si podías estudiar, Magisterio, Comercio o cura. Ya había fracasado en la primera opción y odiaba, odio las cuentas. Me gustaba y lo hice, eso de compaginar el estudio de la carrera de Magisterio con las clases en prácticas. Y descubrí que nunca podría ser maestro aunque me gustase la pedagogía y la historia, pero nunca podría ser capaz de enseñarla con la paciencia con que se hace una revolución cuando tienes otra en los pupitres y una más, la de los padres, llamando a la puerta de los cristales.
Ya escribía a los 14, gané algún premio a los 17 y fui periodista sin serlo hasta los 21. En esos años, entre los 16 y los 21, comprendí que debía descubrir mi propio apellido, sobreponerme a las carencias de ser Romero y Serrano, y romper la sobreprotección. Nadé vadeando las orillas familiares, disfruté de la facilidad de escribir, tener un pequeño sueldo por disfrutar y descubrí la inmensa fortuna de la amistad, ese punto de la escalada que tantas veces dejamos atrás sin comprender que allí no hay apellidos, que allí se deja media alma.
Volver a ser Romero es un proceso lento, porque a veces piensas que la inseguridad, el miedo, la terquedad, los nervios incontrolados… son grietas de ti mismo que van inundando de agua el barco en el que vas subido, soplando velas. Tampoco hay mucho tiempo para pensar. Ponerse en pie todos los días es la hora más amarga, siempre eliges un pie para levantarte aunque dejes otro atrás por un momento. Y elegir es un ejercicio diario que cuesta y tiene costes.
Un día, descubres que sobrevives, que esa mezcla de miedo, inseguridad, terquedad y suerte, también suerte, ha hecho que el camino que elegiste puede ser bueno, y mezclas oficio, imaginación y un gramo de riesgo. Con esa cartera cruzas un Ministerio, empresas, compañeros, ideas, y hasta cargos. También cruzas ciudades y España de norte a sur como una brújula loca cada equis tiempo, casa a cuestas y amores viajeros o a distancia.
Seguramente después de esos años, cuando ya has extendido los brazos a lo ancho todo lo que has sido capaz, uno se detiene porque empieza a sentir el hervor interno, la sensación constante de volver a identificarte después de tantos años dedicado a identificarte con los demás. Y una noche abres el ordenador y te salta a la mente el apodo “Rosablanca”. Lo has escrito de corrido, en una sola palabra, pero de ese nombre cuelgan tantos hilos, tantos recuerdos, tanta vida imaginada y tanto tiempo no recuperable que te pones a hacer lo que sabes como lo sabes: escribir.
Soy Romero, sin renunciar a ser Serrano, porque el espejo me lo recuerda a diario. He comprobado que ser “Rosablanca” no es una chapa roja en la solapa; es un camino regado de memoria en el que te vas encontrando lo que viviste, lo que no pudiste vivir, lo que olvidaste de vivir y, sobre todo, lo que tienes pendiente por vivir, si no renuncias.



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martes, 24 de enero de 2017

LA LEYENDA DEL REY DESTRONADO Y LA MUÑECA CHOCHONA

A mi amigo Miguel le ponen todos los días encima de la mesa de su residencia un manojo de lápices de colores para que los distinga y procure que esa realidad de madera le devuelva del lugar donde su memoria se ha refugiado o vaga buscando refugio. Lo suyo es Alzheimer, ya lo sabemos. Será difícil que se acuerde de quién era el rey de España que una madrugada nos salvó de un golpe de Estado; de quién era de verdad Adolfo Suárez, el falangista que llegó a ser el primer presidente de la democracia transitoria que se iniciaba entonces. Miguel sabía por entonces mucho de todo eso. En aquel tren que nos hizo recorrer el Cantábrico hablamos de esas cosas e incluso nos dio tiempo a ver en un pueblo en fiestas el Teatro de Manolita Chén, envuelto en melodrama y puntillas de vedette a ritmo de can-can.
Nadie es muy optimista sobre que mi amigo pueda volver a la realidad de la que parece huir y puede que hasta sea bueno, si no fuese porque algunas cosas, como la ternura, son parte de esa realidad aunque se nos olvide de no usarlas. Él, siempre inquieto, estaría igual de abochornado de la planicie social que España vive, como un secarral inmenso rodeado de casas cerradas a cal y canto. Y más sorprendido aún de que ese vacío sea el espejo de nuestra incapacidad de crecer en vez de achicarnos hasta el nivel de lo anecdótico, que ha pasado a convertirse en lo destacado, lo más notorio sobre nosotros.

(Foto Liberatión)
No es una anécdota que ese rey que reinó con la transición política surja ahora como la corona sucia de una monarquía que acaba de cumplir cuatro decenios desde su juramento, el de Juan Carlos I (22 de noviembre de 1975). Pero lo hemos convertido en el tema político más importante del país, sobre el que se piden comparecencias ministeriales, informes, investigaciones y, llegados a esto, comparecencias reales. Para muchos, ese viejo y duradero acontecimiento que una vedette de largas piernas ha vuelto a sacar a la luz, se ha convertido en la clave de arco por donde la transición política se derrumba, por si ya estaba poco deteriorada. O quizás se quiere que eso sea lo que la derrumbe.
Los nuevos republicanos y los viejos monárquicos andan a la greña por ver quién llega antes con el pico y la pala para dar entierro a ese periodo, al que le han puesto la vitola real alrededor del cuello como la soga al condenado a la horca. La pobreza del secarral, ese Alzheimer social que nos invade, quiere pasar por nuevo lo que ya sabíamos; por ejemplarizante socialmente hablando, lo que no es sino un aditivo más del espectáculo, porque nos aburrimos por inanición.
Medio país se rompe los hábitos frente a las espacios rosa de las televisiones y los más sesudos medios de comunicación. “¡Es la bomba¡”, vienen a decir. Como si fuésemos tan mayores, tan libres, que ya sacar del cajón los pañales sucios de la infancia es un arrojo de democracia; como si el ensordecedor silencio hipócrita que se ha mantenido durante decenios sobre esa cuestión fuera ajeno a nosotros.
Probablemente, si leyésemos un poco más de historia, la de verdad, no la del papel cuché o el plató tombolero, nos hubiera parecido menos importante todo aquello y menos relevante ahora, todo seguiría un hilo que no tiene que ver con la sangre, real o plebeya, sino con la cultura y la educación. A un rey cleptómano se le hubiera puesto un tratamiento o una ayuda personal. Pero que un rey montado en moto mantenga muñecas chochonas que su primer ministro le ha recomendado por conocimiento previo, ahora es un escándalo político que ensombrece un año de inseguridad institucional y cuatro años más de involución hacia aquel tiempo en el que la transición no estaba en el diccionario.
Miro a Miguel mientras navega por aquellos años y yo sonrío con el recuerdo del Teatro de Manolita Chén y la muñeca chochona, rubia, de piernas largas, escultural que nos llevamos en brazos hasta el tren sin saber muy bien qué hacer con ella. Éramos mayores para cometer el error de construirle una casa en Boadilla del Monte y no daba la talla para convertirse en objeto de placer. Pero ya sabíamos entonces que el error de los reyes y reinas era buscar cuernos por países exóticos o rincones iluminados por la calle de la Princesa. Malo fue que el rey destronado lo fuese por un cuerno africano y que sólo por eso pidiese perdón a los españoles. Peor aún que el interés viejo, hipócrita, sobre la muñeca rubia nos marque la agenda ética (quería decir política, pero me costaba).
Mi amigo Miguel y yo lamentamos en su día que la insigne Manuela Fernández Pérez, Manolita Chén, pusiese fin a las cuarenta temporadas de su circo y teatro ambulante. No sabíamos que en la rifa de aquella noche nos iba a tocar la rubia de labios entreabiertos ni que a estas alturas íbamos a ver a los beatos de la monarquía hacerse cruces y a los nuevos republicanos queriendo quitarle los polvos a la historia. 



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viernes, 2 de diciembre de 2016

SI HICIESE MÁS FRIO, SERÍA NAVIDAD


La estación a la que llegábamos en el autobús de la AISA que nos traía de Madrid era una nave inhumana, llena de monstruos grisáceos con ruedas y una persona ajena a todo, sentada al fondo sobre el mostrador bajo donde dejábamos los equipajes o los paquetes para su envío. Al pisar el suelo de hormigón despejabas el sopor que aún quedaba del sueño contra el cristal, la cara helada y la zamarra militar sobre las piernas. Todavía hoy arrastró aquella somnolencia de las noches en vela, despacho de soldados y bocadillos en Delicias.

Los jardines del Prado son una masa negra sobre la que se alza la sombra de la catedral. Como si fuese una estrella de ese cielo que nadie alcanza, el reloj señala entre la niebla el final de la torre. No hay campanas para esa tarde gris y fría, el nacimiento de corcho y barro se fue perdiendo y ya no saltan los plomos por ponerle bombillas al castillo de Herodes. 

La fragua cercana a la taberna Vinuesa ha cerrado a esas horas sin esperar al visitante. 

Mañana habrá que ir allí a buscar moco de herrero, negro, plomizo, para convertirlo en montañas regadas de harina.

Cruzar la puerta del garaje de AISA era redescubrir el muro rojizo del convento de las monjas Terreras, las puertas oscuras siempre cerradas como el cielo del atardecer y las maderas cruzadas de las ventanas, la rejilla que las separaba del mundo. Unos pasos más allá, en la esquina del zapatero de la calle Calatrava, la Navidad bajaba envuelta en niebla y humedad gris que solo rompían las tímidas luces de las farolas, tan débiles, tan inservibles como las lamparillas de aceite para los difuntos.

Con la mochila al hombro, buscábamos la Plaza del Generalísimo por si había algún adorno encendido. Se han borrado los colores de los arcos de bombillas, si alguna vez los tuvieron. La calle Feria sigue siendo un tubo estrecho hasta la acera del mercado de Abastos. Junto a la entrada del edificio, una muchacha mata el frío dándose palmadas en los brazos, rodeada de zambombas de barro y piel de conejo, carracas de colores y panderetas mudas esperando a cambiar su sonido por el tintineo de las monedas. 

La pandereta canta sola debajo del brazo, el macuto verde cuelga del hombro y la mano izquierda seca la nariz con un pañuelo blanco que reluce como palomas sobre el tapiz ingrato de esa Navidad de mahonesa y silencios. 





viernes, 25 de noviembre de 2016

RITA. UN LUTO SOEZ

Hace algunas semanas escribía que "Los pecados capitales del PP, como sus delitos, prescriben y los condenados se proscriben de la política en silencio y paso cauto". Así iba siendo hasta que descubrieron que puede haber un doble escenario: el de la muerte política, cuando sucumbe el humano que sobrevivía arrastrando sus pecados; y el del tiempo de duelo, este en el que parecía que estábamos desde la mañana de nieve en que Rita Barberá fue a encontrarse con su último fuego.
(Foto Santiago Carrigues, "El País")
No es mi intención citar al PP si no fuese porque la bárbara valenciana lo era todo para ellos: lo mejor y lo peor. En vez de un libro de firmas y pésames, en la sede madrileña del Partido Popular deberían haber puesto su libro de primera comunión, con pastas de nácar glamuroso y páginas en blanco listas para enviarle el adiós antes de que recuerde cómo, tantos suyos, ya no le decían ni hola.
Negar que la muerte de una persona es una pérdida siempre es no reconocer que el ser humano se achica cada vez más en la inmensidad cruda de esta extraña modernidad tecnológica; esquivar la mirada sobre la realidad construida desde las pantallas de cristal, porque va bien controlar un milímetro temporal en ellas. El ritual, hasta lo de Rita, de su muerte física hablo, era enterrar con olvido o despedir con alarde institucional por quien fue algo más que persona.
Sorprende que la derecha brutal de este país haya cambiado, sin advertir, valores tradicionales que defendían, como el de la virtud. Las putas no se casabn de blanco y los duelos se hacen en casa., como si fuesen trapos sucios.  Estos días han caído mezclados esos dos grandes muros de la virginidad política y el recogimiento familiar del muerto. El alarde sobre Barberá demuestra que la corrupción ha llegado hasta el fondo del sentido común, que el sentido de las leyes y los jueces no importa, menos aún que las normas internas, que van de la hipocresía en vida a la obscenidad de creer que Rita les va a perdonar sus desprecios o que va a contar algo de lo que sabe.
Los nichos del PP se revuelven en los cementerios. Nunca tuvieron asegurada la paz eterna y ahora sienten cerca el riesgo, la vergüenza, de ser sacados a pasear, vestidos de inmaculado blanco, para taponar los agujeros de su imagen, el aimiento venenoso de su construcción
Otros, esas bocas que han callado estos días para apartarse del ruido, han producido el enorme vacío de los que nada tienen que decir, a riesgo de equivocarse, como Podemos. Pero el desequilibrio emocional de unos no debe ocultar una voz que hable del inmisericorde error en el que nos vamos hundiendo: no saber ya cuándo se condena, cuándo se es inocente y cuánto de conveniencia queda para ir detrás del féretro o echar palas de barro, por si le diera por hablar. Se ha superado la realidad, la de a pie de tierra, con esta nueva superconciencia de plástico a la que cada cual añade su hipocresía y lo de menos es el muerto.
Rita, lo tuyo está siendo una boda negra,llen a de invitados inesperados. y a la que no deberías volver de rojo y blanco.

RITA. UN LUTO SOEZ

Hace algunas semanas escribía que "Los pecados capitales del PP, como sus delitos, prescriben y los condenados se proscriben de la política en silencio y paso cauto". Así iba siendo hasta que descubrieron que puede haber un doble escenario: el de la muerte política, cuando sucumbe el humano que sobrevivía arrastrando sus pecados; y el del tiempo de duelo, este en el que parecía que estábamos desde la mañana de nieve en que Rita Barberá fue a encontrarse con su último fuego.
(Foto Santiago Carrigues, "El País")
No es mi intención citar al PP si no fuese porque la bárbara valenciana lo era todo para ellos: lo mejor y lo peor. En vez de un libro de firmas y pésames, en la sede madrileña del Partido Popular deberían haber puesto su libro de primera comunión, con pastas de nácar glamuroso y páginas en blanco listas para enviarle el adiós antes de que recuerde cómo, tantos suyos, ya no le decían ni hola.
Negar que la muerte de una persona es una pérdida siempre es no reconocer que el ser humano se achica cada vez más en la inmensidad cruda de esta extraña modernidad tecnológica; esquivar la mirada sobre la realidad construida desde las pantallas de cristal, porque va bien controlar un milímetro temporal en ellas. El ritual, hasta lo de Rita, de su muerte física hablo, era enterrar con olvido o despedir con alarde institucional por quien fue algo más que persona.
Sorprende que la derecha brutal de este país haya cambiado, sin advertir, valores tradicionales que defendían, como el de la virtud. Las putas no se casabn de blanco y los duelos se hacen en casa., como si fuesen trapos sucios.  Estos días han caído mezclados esos dos grandes muros de la virginidad política y el recogimiento familiar del muerto. El alarde sobre Barberá demuestra que la corrupción ha llegado hasta el fondo del sentido común, que el sentido de las leyes y los jueces no importa, menos aún que las normas internas, que van de la hipocresía en vida a la obscenidad de creer que Rita les va a perdonar sus desprecios o que va a contar algo de lo que sabe.
Los nichos del PP se revuelven en los cementerios. Nunca tuvieron asegurada la paz eterna y ahora sienten cerca el riesgo, la vergüenza, de ser sacados a pasear, vestidos de inmaculado blanco, para taponar los agujeros de su imagen, el aimiento venenoso de su construcción
Otros, esas bocas que han callado estos días para apartarse del ruido, han producido el enorme vacío de los que nada tienen que decir, a riesgo de equivocarse, como Podemos. Pero el desequilibrio emocional de unos no debe ocultar una voz que hable del inmisericorde error en el que nos vamos hundiendo: no saber ya cuándo se condena, cuándo se es inocente y cuánto de conveniencia queda para ir detrás del féretro o echar palas de barro, por si le diera por hablar. Se ha superado la realidad, la de a pie de tierra, con esta nueva superconciencia de plástico a la que cada cual añade su hipocresía y lo de menos es el muerto.
Rita, lo tuyo está siendo una boda negra,llen a de invitados inesperados. y a la que no deberías volver de rojo y blanco.

martes, 9 de agosto de 2016

GALICIA Y EL SOLILOQUIO DE MANOEL BEIRAS

Si no has perdido la vista con la espalda plateada del Apóstol Santiago o la respiración con el olor del incienso y si ya no tienes que conquistar más indulgencias plenarias a golpe de cepillo en la catedral, sal a la Plaza del Obradoiro y, seguramente, en un bar cercano vas a encontrar respuestas a casi todas las preguntas que tal vez nunca te has hecho sobre la historia de Galicia, la actual y la menos reciente. Que falten menos de 90 días para las próximas elecciones gallegas, coincidiendo con las del País Vasco, te parecerá un dato insignificante porque ocurren a menudo, pero tiene la virtud de la radiografía: ver el interior de tu cuerpo sin asustarte, al menos que alguien te advierta de las sombras inesperadas.
Muy cerca de allí, de la escalinata que baja frente al imponente Palacio de Raxoi que ocupan la Xunta de Galicia y el Ayuntamiento, encontrarás todavía un kiosko de periódicos en los que anuncian la marcha de Manoel Beiras de la política gallega, con el calendario electoral pasando hojas como un vendaval en la Costa da Morte y el agua arrastrando por las calles una gran parte de su propia historia diaria, siempre en construcción, igual que las nuevas ruinas de los apartamentos nunca vendidos que duermen entre eucaliptos y cenizas.
(Foto diario "ABC")
Este Beiras -el Kruchev gallego del zapatazo, por si no lo recuerdas- es ese monje grande de lino y cabellera blanca que te puedes encontrar subiendo por cualquiera de las calles empedradas de Santiago, un peregrino inconfundible por ese tortuoso camino sin señalizar del nacionalismo gallego. Seguramente si su padre no hubiese impulsado con otros el Partido Nacionalista Galego, aquel movimiento, más que partido, que algunos intelectuales renombrados llevaron en andas desde las vísperas de la guerra civil, el ya ex líder de ANOVA (antes Encontro Irmandiño, antes nuevo PNG) hubiese buscado otra forma de albergues más realistas o él mismo hubiese elegido mejor sus propios compañeros de procesión. Tal vez también le marcase haber nacido en Brión, en los valles rurales que rodean Santiago camino del sur, ese territorio de brumas en septiembre donde algunos llaman Brión al monstruo de los peores sueños familiares, Urdilde a la princesa enclaustrada y Bertamirans es el príncipe azul de los besos.
Hoy todos esos pueblos son especulación y tejados rojos en los montes, pero a ese lugar casi mítico en la historia política gallega se ha regresado Beiras después de dejar en manos de otros la candidatura a la presidencia de la Xunta el mes de septiembre. Atrás ha dejado un intento de gobierno bipartito con el PSOE gallego que no le dejaron compartir, un movimiento escindido entre mareas y bloques destruidos, una derecha antigua a la que los nacionalistas moderados pero republicanos se quisieron enfrentar desde la inteligencia y fracasaron, y una nueva derecha reinventada en mil nombres, todos ellos con la misma coraza de religión y poder, sin brillo pero la misma que cubre la espalda del santo patrón.
(Ilustración diario "El Español")
Nadie como Manoel Beiras Torrado conoció la esencia de esa derecha gallega que Manuel Fraga consiguió aunar traspasando los límites territoriales, en un alarde de prebendas y venganza, que allí la política camina por ese doble carril de hierro. Nadie como el ex líder nacionalista ha mantenido el pulso contra su entorno y el de enfrente y, posiblemente, nadie volverá a dar un zapatazo más sonoro y menos dañino para el Parlamento de Galicia. Desde aquellos días en que la cultura quiso poner un traje político a la saudade, sólo Beiras ha sobrevivido a sí mismo con sus idas y venidas, un Moisés bajando del Sinaí de Monte Louro o del Gozo que siempre dejó tocado algún becerro de oro aunque no impidiese la ceremonia. Si alguna vez hubo un conato de liderazgo transfronterizo más allá del Miño, sólo él, al que le sobraron maneras, y después Francisco Caamaño –el silencioso tallador de las medidas sociales de Zapatero-, al que le robaron respaldo, pudieron haber aunado la cabeza de la procesión contra la más profunda de las derechas españolas.
Cuando salgas de la catedral y pises en Santiago de Compostela las calles cubiertas de nubes o casas, acuérdate de Manoel Beiras, el profeta al que sólo le faltó acertar, y lo que Castelao dejó escrito hace tantos años, sin conocer al que ahora se va: “O valor das coisas nao está no tempo em que elas duam, mas na intensidade com que acontecem. Por isso existem momentos inesquecíveis, coisas inexplicáveis e pessoas incomparáveis”. (“El valor de las cosas no está en el tiempo que duran, sino en la intensidad con que suceden. Por eso hay momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables").
Castelao, Risco, Fabeiro, Pedrayo o Cunqueiro, impulsores de aquel Partido Nacionalista Gallego (PNG), miran sorprendidos a Beiras en su marcha y ninguno da un céntimo porque esta nueva soledad de Brión le vaya a durar más que el sino de fuego y derecha que se repetirá en septiembre.

sábado, 6 de agosto de 2016

LOLA Y LA PUREZA

A Lola le fallaba la pureza. Eso es lo que decían las gentes por las calles de Doiras. Sería éso o el placer del riesgo, pero en el autobús de vuelta se sentó a mi lado tan dispuesta como era ella, echó por encima de nosotros el chaquetón de paño negro y lo subió tirando de los botones cruzados hasta taparse el cuello casi por entero. Hacía pocos días que atravesé Lugo hacia Los Ancares y a Lola solo la había visto de refilón, casi escondida detrás del confesionario, en la capilla de la aldea donde Tomás decía misa cada tarde de sábado.

María me habló de ella y de sus “chaladuras de jóven¨, como las llamaba. Vivía un poco más allá, subiendo por la calle de barro que, cuesta arriba, te lleva hasta la casa de los Vázquez, la familia honorable de la zona. Su casa estaba al lado de la noble verja de hierro, un chamizo de madera con techo, uralita y heno, como los de las pallozas de Piornedo, casi todas perdidas ya. Durante un tiempo ayudó a Tomás en la cosa de las iglesias que recorría cada fin de semana en otras tantas parroquias, aldeas descolgándose por las nieves en la ladera de los montes o en la vereda del rio, helado por invierno y con almendros rompiendo a la vida por encima de las brumas. 


En aquel cuadro casi japonés, una semana santa, conocí a Lola acompañando a María, en la casa del cura. Trajeron cañas de hojaldre rellenas de nata y  otras con una crema amarilla suave y dulce como la gloria que se perdía entre la lengua y el cielo de la boca, como cuando la hostia se vuelve revoltosa después de la comunión. Aquella tarde vi su mirada torva, pero permaneció en silencio mientras María hablaba y hablaba de las penas del invierno pasado y de los que ya no iban a volver en verano. Me quedé con las ganas de sacarle una palabra sobre quién era antes de que María siempre se adelantase con la respuesta en la punta de la lengua, inoportuna siempre. Y no volví a verla hasta la mañana de los gaiteros que llegaron de Villafranca.

Entre cervezas y sonidos de gaita nos olvidamos del sol de aquel mediodía y descubrí una Lola desconocida, alegre, inquieta, dominadora del terreno y la situación con todos nosotros, los forasteros. Con un trozo de tortilla entre los labios, se acercó a mi y puso su boca frente a la mía, citándome a compartir aquel bocado de huevo y patata. Reímos mientras peleábamos por ver quién se quedaba con la mejor parte y luego se alejó echando un trago de cerveza directamente del cuello de la botella. No dejó de mirarme hasta que cruzó aquella rotonda de piedra y se sentó enfrente de mi, desafiante, sonriente, corta de pureza, como decía María.

Los gaiteros de Villafranca tenían planeado subir hasta Piornedo con el microbús que los había traído a la campa de Doras para la fiesta. Ya era tarde para arrancar y todos preferimos comer a la sombra del castillo, en la ladera verde del rio, que parecía de piedra y nácar, revuelto, frío, saltarín… imparable. La nieve aún permanecía en las laderas de los montes aunque en la parte baja ya no quedada ni rastro. Sólo la bruma que iba yéndose en silencio, sin apenas notarse y dejaba paso a los rayos del sol en el comienzo de la tarde. Más allá de los cables naranjas que detenían con descargas eléctricas el paso de las vacas y las mantenía encerradas casi por milagro, seguimos el recorrido del rio hasta un poco más abajo de los animales. Nos tumbamos sobre mi cazadora de ante azul y quedamos los dos mirando al cielo azul de Los Ancares. 

Giró su cabeza hacia mí y no me dejó preguntarle quién era y qué hacíamos allí. Con un dedo cerró mis labios y siguió mirando al firmamento. Un rato después, se sentó de rodillas sobre sus piernas y me preguntó por qué estaba yo allí. Había ido a escribir un proyecto sobre el metro de Bilbao, que iba a comenzar sus obras, y pretendía abstraerme de todo, de Madrid, de mi propia vida, sentado en el banco de madera, delante de la cocina de carbón y leña y escuchando a Marian Anderson cantar el "Ave María" de Schubert como nunca nadie lo habría cantado, como nunca se habría oído entre aquellas paredes de ladrillo y madera frente al arroyo y al calor de las mulas de la planta baja. También estaba empeñado -le dije sonriendo- en hacer una tarta de queso en el viejo horno de gas, con huevos de las gallinas del cura y queso de fiambre. No se qué le causó más impresión o le divertía más. Sonrió manteniendo el silencio y descubrí que en dos minutos ella sabía más de mí de lo que yo había averiguado sobre ella, además de la simple definición que María hace de Lola, lo de la pureza.

Atardecía cuando nos subimos al autobús camino de la cresta de Los Ancares, en Piornedo. Las curvas nos cambiaban de paisaje cada 100 metros, la tierra se hundía como si el fondo de la montaña la atrajese, y las nubes empezaron a parecernos alcanzables, próximas, inmediatas. Fue en ese momento cuando Lola echó mi abrigo de paño por encima de nosotros dos, cruzó sus piernas heladas por encima de las mías y recostó su melena negra y corta sobre mi hombro izquierdo. Me dijo que, cuando llegásemos a Piornedo, quería bailar, necesitaba bailar. No recordaba cuánto tiempo hacía desde su último baile. Le pregunté que con quién fue pero no contestó, sólo apretó su mejilla contra mi hombro y guardó silencio. Así fuimos hasta el final del viaje lleno de curvas, con los ojos cerrados y las miradas cómplices y envidiosas de los gaiteros.

El hostal tenía una zona de butacas para descansar o sentarse después de la cena. Sillones de skay color beige tostado que resaltaban en aquella decoración de madera y telas granates, pucheros de hierro colgados en las paredes y plantas medio dormidas en ollas de hierro antiguas. Tomás, el cura, se acercó a la barra, y el camarero conectó el equipo de música. Casi un murmullo, Mike Kennedy empezó a cantar “La Piova”, el viejo éxito italiano, en su versión más reciente. Bailamos como si quisiéramos despertarnos el uno dentro del otro, con los cuerpos arrasados de caricias mudas, sin una sola palabra que cortase ese momento. Y así cruzamos hasta las escaleras que llevaban a las habitaciones. 

Puerta 4, segundo piso. Hasta allí llegamos casi tropezando con las flores desgastadas de las alfombras tapicería vieja estera y la media luz del pasillo. La apoyé contra la pared en un nuevo intento de fundirme con su silencio y adivinar quién  era y qué quería de mi. Sin dejar de abrazarme, soltó su brazo derecho de mi cuerpo, llegó al picaporte redondo de la puerta 4 del piso 2, giró el pomo y me dio un beso en la mejilla. Entonces sí, acercó sus labios a mi oído y siseó aquella frase maldita: “La lluvia…. Nubes negras al huir, recuerdos que olvidé”.