viernes, 2 de diciembre de 2016
viernes, 25 de noviembre de 2016
RITA. UN LUTO SOEZ
Hace algunas semanas escribía que "Los pecados capitales del PP, como sus delitos, prescriben y los condenados se proscriben de la política en silencio y paso cauto". Así iba siendo hasta que descubrieron que puede haber un doble escenario: el de la muerte política, cuando sucumbe el humano que sobrevivía arrastrando sus pecados; y el del tiempo de duelo, este en el que parecía que estábamos desde la mañana de nieve en que Rita Barberá fue a encontrarse con su último fuego.
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| (Foto Santiago Carrigues, "El País") |
Negar que la muerte de una persona es una pérdida siempre es no reconocer que el ser humano se achica cada vez más en la inmensidad cruda de esta extraña modernidad tecnológica; esquivar la mirada sobre la realidad construida desde las pantallas de cristal, porque va bien controlar un milímetro temporal en ellas. El ritual, hasta lo de Rita, de su muerte física hablo, era enterrar con olvido o despedir con alarde institucional por quien fue algo más que persona.
Sorprende que la derecha brutal de este país haya cambiado, sin advertir, valores tradicionales que defendían, como el de la virtud. Las putas no se casabn de blanco y los duelos se hacen en casa., como si fuesen trapos sucios. Estos días han caído mezclados esos dos grandes muros de la virginidad política y el recogimiento familiar del muerto. El alarde sobre Barberá demuestra que la corrupción ha llegado hasta el fondo del sentido común, que el sentido de las leyes y los jueces no importa, menos aún que las normas internas, que van de la hipocresía en vida a la obscenidad de creer que Rita les va a perdonar sus desprecios o que va a contar algo de lo que sabe.
Los nichos del PP se revuelven en los cementerios. Nunca tuvieron asegurada la paz eterna y ahora sienten cerca el riesgo, la vergüenza, de ser sacados a pasear, vestidos de inmaculado blanco, para taponar los agujeros de su imagen, el aimiento venenoso de su construcción
Otros, esas bocas que han callado estos días para apartarse del ruido, han producido el enorme vacío de los que nada tienen que decir, a riesgo de equivocarse, como Podemos. Pero el desequilibrio emocional de unos no debe ocultar una voz que hable del inmisericorde error en el que nos vamos hundiendo: no saber ya cuándo se condena, cuándo se es inocente y cuánto de conveniencia queda para ir detrás del féretro o echar palas de barro, por si le diera por hablar. Se ha superado la realidad, la de a pie de tierra, con esta nueva superconciencia de plástico a la que cada cual añade su hipocresía y lo de menos es el muerto.
Rita, lo tuyo está siendo una boda negra,llen a de invitados inesperados. y a la que no deberías volver de rojo y blanco.
RITA. UN LUTO SOEZ
Hace algunas semanas escribía que "Los pecados capitales del PP, como sus delitos, prescriben y los condenados se proscriben de la política en silencio y paso cauto". Así iba siendo hasta que descubrieron que puede haber un doble escenario: el de la muerte política, cuando sucumbe el humano que sobrevivía arrastrando sus pecados; y el del tiempo de duelo, este en el que parecía que estábamos desde la mañana de nieve en que Rita Barberá fue a encontrarse con su último fuego.
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| (Foto Santiago Carrigues, "El País") |
Negar que la muerte de una persona es una pérdida siempre es no reconocer que el ser humano se achica cada vez más en la inmensidad cruda de esta extraña modernidad tecnológica; esquivar la mirada sobre la realidad construida desde las pantallas de cristal, porque va bien controlar un milímetro temporal en ellas. El ritual, hasta lo de Rita, de su muerte física hablo, era enterrar con olvido o despedir con alarde institucional por quien fue algo más que persona.
Sorprende que la derecha brutal de este país haya cambiado, sin advertir, valores tradicionales que defendían, como el de la virtud. Las putas no se casabn de blanco y los duelos se hacen en casa., como si fuesen trapos sucios. Estos días han caído mezclados esos dos grandes muros de la virginidad política y el recogimiento familiar del muerto. El alarde sobre Barberá demuestra que la corrupción ha llegado hasta el fondo del sentido común, que el sentido de las leyes y los jueces no importa, menos aún que las normas internas, que van de la hipocresía en vida a la obscenidad de creer que Rita les va a perdonar sus desprecios o que va a contar algo de lo que sabe.
Los nichos del PP se revuelven en los cementerios. Nunca tuvieron asegurada la paz eterna y ahora sienten cerca el riesgo, la vergüenza, de ser sacados a pasear, vestidos de inmaculado blanco, para taponar los agujeros de su imagen, el aimiento venenoso de su construcción
Otros, esas bocas que han callado estos días para apartarse del ruido, han producido el enorme vacío de los que nada tienen que decir, a riesgo de equivocarse, como Podemos. Pero el desequilibrio emocional de unos no debe ocultar una voz que hable del inmisericorde error en el que nos vamos hundiendo: no saber ya cuándo se condena, cuándo se es inocente y cuánto de conveniencia queda para ir detrás del féretro o echar palas de barro, por si le diera por hablar. Se ha superado la realidad, la de a pie de tierra, con esta nueva superconciencia de plástico a la que cada cual añade su hipocresía y lo de menos es el muerto.
Rita, lo tuyo está siendo una boda negra,llen a de invitados inesperados. y a la que no deberías volver de rojo y blanco.
martes, 9 de agosto de 2016
GALICIA Y EL SOLILOQUIO DE MANOEL BEIRAS
Si no has perdido la vista con la espalda
plateada del Apóstol Santiago o la
respiración con el olor del incienso y si ya no tienes que conquistar más
indulgencias plenarias a golpe de cepillo en la catedral, sal a la Plaza del
Obradoiro y, seguramente, en un bar cercano vas a encontrar respuestas a
casi todas las preguntas que tal vez nunca te has hecho sobre la historia de
Galicia, la actual y la menos reciente. Que falten menos de 90 días para las
próximas elecciones gallegas, coincidiendo con las del País Vasco, te parecerá
un dato insignificante porque ocurren a menudo, pero tiene la virtud de la
radiografía: ver el interior de tu cuerpo sin asustarte, al menos que alguien
te advierta de las sombras inesperadas.
Muy cerca de allí, de la escalinata que baja
frente al imponente Palacio de Raxoi que ocupan la Xunta de Galicia y el Ayuntamiento,
encontrarás todavía un kiosko de periódicos en los que anuncian la marcha de
Manoel Beiras de la política gallega, con el calendario electoral pasando hojas
como un vendaval en la Costa da Morte y el agua arrastrando por las calles una
gran parte de su propia historia diaria, siempre en construcción, igual que las
nuevas ruinas de los apartamentos nunca vendidos que duermen entre eucaliptos y
cenizas.
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| (Foto diario "ABC") |
Este Beiras -el Kruchev gallego del zapatazo,
por si no lo recuerdas- es ese monje grande de lino y cabellera blanca que te
puedes encontrar subiendo por cualquiera de las calles empedradas de Santiago,
un peregrino inconfundible por ese tortuoso camino sin señalizar del nacionalismo
gallego. Seguramente si su padre no hubiese impulsado con otros el Partido
Nacionalista Galego, aquel movimiento, más que partido, que algunos
intelectuales renombrados llevaron en andas desde las vísperas de la guerra
civil, el ya ex líder de ANOVA (antes Encontro Irmandiño, antes nuevo PNG)
hubiese buscado otra forma de albergues más realistas o él mismo hubiese
elegido mejor sus propios compañeros de procesión. Tal vez también le marcase
haber nacido en Brión, en los valles rurales que rodean Santiago camino del
sur, ese territorio de brumas en septiembre donde algunos llaman Brión al
monstruo de los peores sueños familiares, Urdilde a la princesa enclaustrada y
Bertamirans es el príncipe azul de los besos.
Hoy todos esos pueblos son especulación y tejados
rojos en los montes, pero a ese lugar casi mítico en la historia política
gallega se ha regresado Beiras después de dejar en manos de otros la
candidatura a la presidencia de la Xunta el mes de septiembre. Atrás ha dejado un
intento de gobierno bipartito con el PSOE gallego que no le dejaron compartir,
un movimiento escindido entre mareas y bloques destruidos, una derecha antigua
a la que los nacionalistas moderados pero republicanos se quisieron enfrentar
desde la inteligencia y fracasaron, y una nueva derecha reinventada en mil
nombres, todos ellos con la misma coraza de religión y poder, sin brillo pero
la misma que cubre la espalda del santo patrón.
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| (Ilustración diario "El Español") |
Nadie como Manoel Beiras Torrado conoció la
esencia de esa derecha gallega que Manuel Fraga consiguió aunar traspasando los
límites territoriales, en un alarde de prebendas y venganza, que allí la
política camina por ese doble carril de hierro. Nadie como el ex líder
nacionalista ha mantenido el pulso contra su entorno y el de enfrente y,
posiblemente, nadie volverá a dar un zapatazo más sonoro y menos dañino para el
Parlamento de Galicia. Desde aquellos días en que la cultura quiso poner un
traje político a la saudade, sólo
Beiras ha sobrevivido a sí mismo con sus idas y venidas, un Moisés bajando del
Sinaí de Monte Louro o del Gozo que siempre dejó tocado algún becerro de oro
aunque no impidiese la ceremonia. Si alguna vez hubo un conato de liderazgo
transfronterizo más allá del Miño, sólo él, al que le sobraron maneras, y
después Francisco Caamaño –el silencioso tallador de las medidas sociales de
Zapatero-, al que le robaron respaldo, pudieron haber aunado la cabeza de la
procesión contra la más profunda de las derechas españolas.
Cuando salgas de la catedral y pises en
Santiago de Compostela las calles cubiertas de nubes o casas, acuérdate de
Manoel Beiras, el profeta al que sólo le faltó acertar, y lo que Castelao dejó
escrito hace tantos años, sin conocer al que ahora se va: “O valor das coisas nao está no
tempo em que elas duam, mas na intensidade com que acontecem. Por isso existem
momentos inesquecíveis, coisas inexplicáveis e pessoas incomparáveis”. (“El
valor de las cosas no está en el tiempo que duran, sino en la intensidad con
que suceden. Por eso hay momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas
incomparables").
Castelao, Risco, Fabeiro, Pedrayo o Cunqueiro,
impulsores de aquel Partido Nacionalista Gallego (PNG), miran sorprendidos a
Beiras en su marcha y ninguno da un céntimo porque esta nueva soledad de Brión le
vaya a durar más que el sino de fuego y derecha que se repetirá en septiembre.
sábado, 6 de agosto de 2016
LOLA Y LA PUREZA
A Lola le fallaba la pureza. Eso es lo que decían las gentes por las calles de Doiras. Sería éso o el placer del riesgo, pero en el autobús de vuelta se sentó a mi lado tan dispuesta como era ella, echó por encima de nosotros el chaquetón de paño negro y lo subió tirando de los botones cruzados hasta taparse el cuello casi por entero. Hacía pocos días que atravesé Lugo hacia Los Ancares y a Lola solo la había visto de refilón, casi escondida detrás del confesionario, en la capilla de la aldea donde Tomás decía misa cada tarde de sábado.
María me habló de ella y de sus “chaladuras de jóven¨, como las llamaba. Vivía un poco más allá, subiendo por la calle de barro que, cuesta arriba, te lleva hasta la casa de los Vázquez, la familia honorable de la zona. Su casa estaba al lado de la noble verja de hierro, un chamizo de madera con techo, uralita y heno, como los de las pallozas de Piornedo, casi todas perdidas ya. Durante un tiempo ayudó a Tomás en la cosa de las iglesias que recorría cada fin de semana en otras tantas parroquias, aldeas descolgándose por las nieves en la ladera de los montes o en la vereda del rio, helado por invierno y con almendros rompiendo a la vida por encima de las brumas.
Entre cervezas y sonidos de gaita nos olvidamos del sol de aquel mediodía y descubrí una Lola desconocida, alegre, inquieta, dominadora del terreno y la situación con todos nosotros, los forasteros. Con un trozo de tortilla entre los labios, se acercó a mi y puso su boca frente a la mía, citándome a compartir aquel bocado de huevo y patata. Reímos mientras peleábamos por ver quién se quedaba con la mejor parte y luego se alejó echando un trago de cerveza directamente del cuello de la botella. No dejó de mirarme hasta que cruzó aquella rotonda de piedra y se sentó enfrente de mi, desafiante, sonriente, corta de pureza, como decía María.
Los gaiteros de Villafranca tenían planeado subir hasta Piornedo con el microbús que los había traído a la campa de Doras para la fiesta. Ya era tarde para arrancar y todos preferimos comer a la sombra del castillo, en la ladera verde del rio, que parecía de piedra y nácar, revuelto, frío, saltarín… imparable. La nieve aún permanecía en las laderas de los montes aunque en la parte baja ya no quedada ni rastro. Sólo la bruma que iba yéndose en silencio, sin apenas notarse y dejaba paso a los rayos del sol en el comienzo de la tarde. Más allá de los cables naranjas que detenían con descargas eléctricas el paso de las vacas y las mantenía encerradas casi por milagro, seguimos el recorrido del rio hasta un poco más abajo de los animales. Nos tumbamos sobre mi cazadora de ante azul y quedamos los dos mirando al cielo azul de Los Ancares.
Giró su cabeza hacia mí y no me dejó preguntarle quién era y qué hacíamos allí. Con un dedo cerró mis labios y siguió mirando al firmamento. Un rato después, se sentó de rodillas sobre sus piernas y me preguntó por qué estaba yo allí. Había ido a escribir un proyecto sobre el metro de Bilbao, que iba a comenzar sus obras, y pretendía abstraerme de todo, de Madrid, de mi propia vida, sentado en el banco de madera, delante de la cocina de carbón y leña y escuchando a Marian Anderson cantar el "Ave María" de Schubert como nunca nadie lo habría cantado, como nunca se habría oído entre aquellas paredes de ladrillo y madera frente al arroyo y al calor de las mulas de la planta baja. También estaba empeñado -le dije sonriendo- en hacer una tarta de queso en el viejo horno de gas, con huevos de las gallinas del cura y queso de fiambre. No se qué le causó más impresión o le divertía más. Sonrió manteniendo el silencio y descubrí que en dos minutos ella sabía más de mí de lo que yo había averiguado sobre ella, además de la simple definición que María hace de Lola, lo de la pureza.
Atardecía cuando nos subimos al autobús camino de la cresta de Los Ancares, en Piornedo. Las curvas nos cambiaban de paisaje cada 100 metros, la tierra se hundía como si el fondo de la montaña la atrajese, y las nubes empezaron a parecernos alcanzables, próximas, inmediatas. Fue en ese momento cuando Lola echó mi abrigo de paño por encima de nosotros dos, cruzó sus piernas heladas por encima de las mías y recostó su melena negra y corta sobre mi hombro izquierdo. Me dijo que, cuando llegásemos a Piornedo, quería bailar, necesitaba bailar. No recordaba cuánto tiempo hacía desde su último baile. Le pregunté que con quién fue pero no contestó, sólo apretó su mejilla contra mi hombro y guardó silencio. Así fuimos hasta el final del viaje lleno de curvas, con los ojos cerrados y las miradas cómplices y envidiosas de los gaiteros.
El hostal tenía una zona de butacas para descansar o sentarse después de la cena. Sillones de skay color beige tostado que resaltaban en aquella decoración de madera y telas granates, pucheros de hierro colgados en las paredes y plantas medio dormidas en ollas de hierro antiguas. Tomás, el cura, se acercó a la barra, y el camarero conectó el equipo de música. Casi un murmullo, Mike Kennedy empezó a cantar “La Piova”, el viejo éxito italiano, en su versión más reciente. Bailamos como si quisiéramos despertarnos el uno dentro del otro, con los cuerpos arrasados de caricias mudas, sin una sola palabra que cortase ese momento. Y así cruzamos hasta las escaleras que llevaban a las habitaciones.
Puerta 4, segundo piso. Hasta allí llegamos casi tropezando con las flores desgastadas de las alfombras tapicería vieja estera y la media luz del pasillo. La apoyé contra la pared en un nuevo intento de fundirme con su silencio y adivinar quién era y qué quería de mi. Sin dejar de abrazarme, soltó su brazo derecho de mi cuerpo, llegó al picaporte redondo de la puerta 4 del piso 2, giró el pomo y me dio un beso en la mejilla. Entonces sí, acercó sus labios a mi oído y siseó aquella frase maldita: “La lluvia…. Nubes negras al huir, recuerdos que olvidé”.
miércoles, 13 de julio de 2016
EL ACERADO PERFIL DE LOS "ROSABLANCA"
Solo con el tiempo, mucho tiempo después, vas descubriendo
que las líneas de la cara de los Rosablanca no son como tu las recordabas. La
memoria, como la televisión, no tiene quinta dimensión y vemos todo más
redondo, personas más gruesas, rostros más amables, sonrisas abiertas. Y con
esa imagen te duermes cada noche que echas de menos los ratos en Villanueva del
Rey. Porque solo fueron ratos. Los que consigues dejar prendido como imprescindibles
porque ya se han enraizado en tu propio ser; ratos que acuden solo de vez en
cuando como una gasa blanca atravesando la plaza de la fuente; ratos que
identificas con la sonrisa bajo un cántaro o la humedad de Los Nogueros a tus
pies. De esos ratos vas tirando para crear una leyenda indiscutible, imaginada
en la mayoría de sus partes porque el tiempo ya se la debería haber carcomido,
pero viva aún porque te aferras a esa parte de vida inmaterial que son los
recuerdos.
A este Francisco Romero, dueño del Café Español, le faltaba
el caballo rucio del Quijote para que la luz de la calle se estrellase contra
los brillos del chaleco gris, de la cazadora gris, del perfil pálido, de la
mirada que engaña a quien le mira. Sólo la tímida sonrisa que dibujaba en su
cara de cuando en cuando se salía de esa imagen trazada con tiralíneas fino como un corte de cuchilla de afeitar. Era
así, silencioso, con un poco de peso en la espalda, el pelo canoso y la cara
abriendo camino. Comiendo aquellas albóndigas con caldo de jamón, le miraba, me
miraba, nos estudiábamos, acercaba la mano a la mía, me daba una palmada en
silencio y continuábamos sorbiendo el caldo de la tita Julia.
Su hermano Antonio Romero, el otro Rosablanca, se me quedó clavado en aquella silla de la sala, junto
al televisor tapado con un paño gris. El traje marrón era la única nota de
color ante mis ojos en aquella mañana de sorpresas. El abuelo Antonio había
venido de visita a casa de su hijo Paco. Mi madre se sentó con él en la mesa
cuadrada, le puso café de recuelo del Casino y un trozo de la torta de anises
que él traía. Me di cuenta de que los años le habían ido tallando los pómulos y
achicado los ojos entre las bolsas de piel.
Sonreía aquella mañana en la que no
sabíamos qué preguntar ni qué decir. Teníamos tan poco tiempo para descubrirnos
que se nos fue el rato en sonreirnos.
He sabido después, como siempre ocurre, más cosas de él sin
pretenderlo, o tal vez sin ser consciente de que lo buscaba. Pero, cuando murió
y nos llegó aquel sofá verde como herencia, siempre sentí el frío del skay bajo
mis piernas y la calidez de su sonrisa desde aquel rincón entre la televisión y
una puerta por la que la felicidad entraba y salía tan de improviso.
CONTRA LAS CUERDAS
Nada más salir de su reunión con el presidente en funciones Mariano Rajoy, el secretario general del PSOE ha ratificado su NO Y NO al PP. Antes, el portavoz parlamentario socialista, Antonio Hernando, anunció esa postura en cualquiera de las ocasiones en que Rajoy volviera a presentarse como candidato a la investidura como presidente del Gobierno, aunque fuese el ganador de las pasadas elecciones.
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| Foto: Dani Duch / La Vanguardia |
La clave de la estrategia socialista, que parece tan enturbiada por los deseos de unos y otros dentro y fuera del PSOE, es la frase de Sánchez: Investidura y gobernabilidad van unidas. Su silencio intencionado desde que se conoció su resultado electoral ha quedado roto con la confirmación de su estrategia particular, más allá de lo que el Comité Federal discutió y decidió: dejar en sus manos la decisión de la maniobra, en una actitud impensable del órgano máximo entre Congresos. Dejar a Sánchez la responsabilidad de sus pasos hace pensar que, por dentro, la crisis de la discrepancia ya ha alcanzado la división y eso supone un aplazamiento del chupinazo final hacia un congreso extraordinario; el que, de todas todas, se avecina y Sánchez ha procurado rehuir.
Con los dos partidos "emergentes" ya fuera del cuadrilátero, es cierto que la idea final del PSOE/Sánchez es arrastrar al PP hasta una decisión y una oferta: que Rajoy renuncie a la investidura por la obvia falta de apoyos parlamentarios (ya anuncia que puede repensárselo) y que el PP presente otro candidato a la investidura; o que, por fin, presente un programa de gobierno que no es el electoral, aproximándose así a esa gran coalición sin foto y con la tenaza parlamentaria, donde el PSOE puede recuperar, ahí sí, el liderazgo perdido.
La opción de Pedro Sánchez de llevar a Rajoy uncido hasta el Congreso de los Diputados es, por otra parte, su única esperanza hacia el interior del PSOE, donde ya está descontado su tiempo como secretario general. A pesar de las voces y rugidos externos, algo ha cambiado, no obstante,desde el sábado pasado. Parecen haberse unido las declaraciones sobre el NO a Rajoy de quienes ya tenían colgado el "sambenito" de dejarle gobernar, idea tan acariciada tanto desde el PP como desde Podemos.
Si Rajoy se obceca en ser el candidato y el PP no adelanta un programa de gobierno muy alejado de sus propuestas electorales, la siguiente baza de Sánchez puede ser la de esperar a que Rajoy renuncie, de nuevo, y estar atento a la llamada (o no) de La Zarzuela.
No habrá terceras elecciones y Rajoy lo sabe, aunque amenaza con ellas. Sánchez parece haber aprendido de Julián Anguita la argucia del "programa, programa, programa" y ahí Podemos o Ciudadanos tienen su propio riesgo: sus votos valen mucho menos que en este largo combate del que ya se han retirado.
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