Se
va extendiendo la tesis de que la política de Estado, esa actitud responsable
ante el cuernitoro, exige de la oposición una postura de adorno torero después
de la faena, mientras el bicho da media vuelta y busca de nuevo el cobijo de la
sombra, con la seguridad de que el espada ya no pincha en su cuerpo ni marea la
vista con el capote. Es ese toreo que se ensaya en el salón social, cuando se
tiene más en cuenta la opinión de los críticos que nos rodean y no se descuelga
ni un músculo del maestro más allá de los cánones. Y así es como quien gobierna
intenta clavarla hasta el corvejón, sin cortesía ni compasión para el
mostrenco, en la seguridad de que mantendrá impasible la posición ensayada bajo
la mirada cortés de la corte luego tan insaciable.

La
tarde/noche de las elecciones recientes en Andalucía y Asturias ya fue un
alarde de cortesía: Hasta que no salieron ante las cámaras todos los
contendientes de izquierda a derecha, incluido ese limbo de UPyD, y hasta que
la semipotenciaria secretaria general del PP, Dolores de Cospedal no bendijo
con falsa agua bendita el fallido éxito de su partido en Andalucía…. Hasta que
todo eso no se produjo y cuando ya los informativos y sus tertulianos pasaban
hoja no apareció, como ya descontada, la vicesecretaria general del PSOE, Elena Valenciano, para
alegrarnos la espera y con la vieja/nueva noticia de que la tierra del sur
sigue teniendo sangre roja en las venas.
Parecería
que fue ayer todo esto, que pertenece a otro tiempo, hasta que en la primera
comparecencia pública del virrey secuestrado, el gallego Rajoy, se dejó caer
por el Parlamento por inevitable y escuchó del máximo representante de la
máxima oposición numérica que seguimos abiertos a los pactos de Estado: por
responsabilidad de ese mismo Estado, porque somos la oposición, mire usted, y
nuestra responsabilidad nos compromete con el futuro del país, aunque sea usted
quien decide directamente o como ente interpuesto la política de Estado y quien
anuncia por boca propia o ajena que una nota de Prensa es suficiente para
calmar los mercados (¿) y yo me piro por el garaje en un alarde de
responsabilidad.
Leemos
en la Prensa cómo las reuniones sobre política de Estado se desvelan con luz y
taquígrafos para asombro de extraños, declaramos nuestro asombro y nos volvemos
a unir contra Isabelita Kirchner por lo de YPF, que es igualmente razón de
Estado, un mal Estado en este caso.
Hemos
vivido la mayor huelga general de la década con el carnet escondido en el forro
de la cartera para no descomponer la postura ni romper el artificio, y hemos
leído hace pocas horas que a los parados que cobran subsidio, a los
pensionistas que ya cotizaron, a los que ingresan menos de 100.000 euros/año…
toda esa extrañamente llamada clase media, se le aplicará el repago de las medicinas.
Mientras sigue resonando aquello de que los enfermos crónicos no deberían ser
atendidos por la Sistema Nacional de Salud o que –versión más extrema del mismo
discurso- los parados pueden incrementar sus ingresos donando sangre. Después
de todo, estamos condenados a sangre, sudor y lágrimas desde que nacimos, como
bien se sabe, y que la sangre del látigo es parte del salario para los
empresarios farmacéuticos de este país.
Llegamos
así al último movimiento de posición desde la oposición por boca de la exministra
de Sanidad, Trinidad Jiménez, quien señala que el repago de medicinas. "Es una medida
ineficiente, se ha hecho de manera apresurada y mal".
Es una suerte que sea la representante de la oposición para temas de salud y ya
no lo sea en temas de política exterior, que le hubiera dotado de mayor
perspectiva.
¿Medida ineficiente?
¿Apresurada? ¿Mal hecha?. Da igual como se llame esa postura en el arte de
Cúchares, eso del toreo. A fecha de hoy y en el suelo que pisamos, se llama
faena de aliño, como “no me gusta del todo” o algo así, en todo caso lejos de
lo que exige el guión de la compostura y más cerca del socio al que no le
consultan,
Alienta leer hace días el artículo del exministro
de Justicia (un accidente en su vida profesional) y catedrático
constitucionalista Fran Caamaño, tan poco sutil cuando hablaba del trasfondo de
la reforma laboral, como excusa, para hablar de injusticia en esencia pura. “Frente
al aprovechamiento abusivo de las necesidades ajenas y el desprecio a la
dignidad de las personas en nombre del empleo y la eficacia productiva, la
Declaración de Filadelfia fue, sobre todo, una alternativa ética a los desmanes
de la economía de mercado y de la sociedad industrial del momento”, decía Caamaño,
hablando de una fecha de 1944, la de la XXVI Conferencia Internacional del
Trabajo en las vísperas del conocido Día D de aquella Segunda Guerra Mundial. La nueva norma
desampara al trabajador y espera de él que se porte como un héroe, resumía.
La derecha televisada y la televisiva piden que seamos
optimistas, que no caigamos en el pesimismo. Como si la consigna a difundir
fuese “que se lo crean y así callen”, como si la oposición inundase todos los
días la calle y en las Cortes sin Bono los maletillas hubiesen asaltado el
ruedo. No seamos pesimistas, pero tenemos derecho, y a lo mejor la obligación
de Estado, a que haya oposición, la que la sociedad merece siempre y no termina
de ver.
(Sin perder el sentido del humor ni el escepticismo, fue
maravilloso ese pase del delantero del Chelsea frente a la portería del Barça.
Desde un lado del área pasó el balón por delante de la portería hasta el otro
lado y su compañero remató. ¿Será un vaticinio?)