domingo, 22 de abril de 2018

EL MITIN DE ADELA, HIJA DE BERNARDA ALBA


LA OBRA
Es un simplismo intelectual y político querer reducir a unas cuantas las causas que llevaron al asesinato de Federico García Lorca. El abanico crítico que dejó extendido sobre la vida española abarca muchas más varillas de las que los medios de Comunicación de entonces y de ahora han resaltado; se cruzaba con ese otro abanico desplegado de la propuesta revolucionaria, incómoda, constructiva que intentaba cambiar lo que ocurría en esos espacios de sombra social, política y cultural de la España, la de entonces, la que le antecedió, la que ha proseguido después de su muerte y aún nos alcanza a nosotros aún. La “causa de España” es un capítulo serpenteante al que, como otras voces, Lorca puso su altavoz desde la capacidad de creación de su mente inmensa, variopinta.
A poco más de un mes (5 de junio) de que se cumpla el 120 aniversario de su nacimiento, Federico sigue tan vivo por las razones de su muerte como por los motivos de su vida como creador universal. Es un simplismo advertir que una obra teatral de Federico como “La casa de Bernarda Alba” debe ser actualizada, puesta al día bajo otros cánones, nuevas formas estéticas teatrales porque la sociedad de hoy dista mucho de ser la de entonces, cuando el autor escribió esa y otras obras íntimamente ligadas unas con otras. El mensaje de entonces no acababa en el cortijo, las rejas negras de la finca, la disciplina machista o la represión hecha doctrina. Por eso Federico García Lorca no podrá ser nunca un banderín de enganche para llenar huecos de cartelera, ni puede ser el pentagrama sobre el que colocar notas que “revisan” el grito político, humano, revolucionario del poeta.
LA OBRA QUE NO ERA LA OBRA
Por la España de hoy va recorriendo teatros con todo éxito una nueva versión de esa obra, “La casa de Bernarda Alba”, sobre la que su directora Carlota Ferrer y el autor de la nueva versión, José Manuel Mora advierten desde un principio de que “Esta no es La casa de Bernarda Alba”, queriendo avisar de que aportan nuevas señas de identidad a la obra clásica de Lorca. Se remiten incluso al pintor francés René Magritte para abundar en su idea de que las imágenes reflejadas en un espejo -la obra original-son en sí mismas diferentes de las originales porque, como ya sabemos, una cosa sólo es idéntica consigo misma, no con otra igual.  Su objetivo era anunciar que hay innovación y que el público no vaya al teatro confundido sobre lo que va a ver. Para los no avisados, el cartel desplegado por las calles de Bilbao es lo contrario de la verdad, porque el aviso “Esto no es” es premeditadamente casi invisible junto a los dos grandes atractivos de la función: La casa de Bernarda Alba y Eusebio Poncela como actor protagonista. No es baladí el dato, porque forma parte esencial del juego de claros y oscuros del montaje: la confusión en la comunicación, dar por supuesto que en el nivel medio de la sociedad que disfruta del teatro es sabido el juego filosófico de los espejos. Por eso las risas cuando el cuadro de “Los amantes” surgió del fondo del escenario cuando se esperaba ver la cara del macho desconocido de la verja.
A pesar del fantástico ejercicio de iluminación, esta obra que pretende ser nueva y no serlo, no es nueva, efectivamente, porque al Lorca autor dramático, incluso coreógrafo de sus escenas, ya aportó tanta revolución teatral, tanta innovación estética, tanta profundidad social y política, que es difícilmente superable. Será por eso que tirar del hilo de convertir en hombre a Bernarda Alba como representación de una tiranía, o convertir a casi todas sus cinco hijas en hombres es un giro más que experimentado a lo largo de los años, nada innovador y abortado por la realidad de esa calle que pide igualdad de trabajo para hombres y mujeres, incluso en una representación teatral.
Será por eso, porque Lorca es ni más ni menos que Lorca por lo que las versiones más triunfantes sobre los escenarios del personaje de Bernarda Alba las hicieron mujeres, una Bernarda que no dejaba de ser mujer ser mujer ni renunciaba a ser ese símbolo odiado. Ella era apariencia, vestimenta de la palabra escrita por el autor. Y eso no significaba un posicionamiento tibio del autor original o de sus versionistas sobre los derechos de la mujer, por entonces o por ahora.
La luz fue, realmente, la mejor apuesta de toda la obra, la que consiguió definir un espacio abierto (la caja del escenario del Teatro Arriaga de Bilbao) en un espacio de opresión donde transcurría el guión y otras cosas, aunque el sonido, casi inaudible se escapase por el cielo de ese escenario sin llegar al publico, el de arriba o el de abajo, desde el primer segundo hasta el final de la obra propiamente dicha.








Esa luz justa iluminó la trama lorquiana y dejó triunfar la idea de que era secundario si quienes tenían nombre de mujer eran mujeres u hombres, porque el lenguaje de la obra traspasaba esa cuestión, transgredió hace casi un siglo ese cliché de la mano de Lorca. Era un acierto ver a Eusebio Poncela interpretando el texto escrito para el personaje de Bernarda Alba: Poncela hizo de hombre, con tono de actor enérgico o seductor, vestido de hombre. Esa transgresión total del personaje original tal vez sea la mejor aportación de esta nueva adaptación en lo teatral y los escasos momentos en que pudo encontrarse como actor con la Poncia lorquiana, una criada/hombre que bien merece un capítulo aparte.
La iluminación permitió ver escenas estéticamente bellas, como cuadros pintados sobre el fondo blanco del escenario, figuras en movimiento. Pero fueron destellos, incapaces de dar consistencia a esa pretendida visión de “otra Bernarda” sin dejar de ser la original. Desperdigados, inconexos, ni la calidad de Igor Yebra como bailarín fue una aportación digna de su nivel en ese vaivén de personajes con dificultades para poner su historia en el contexto de la obra y para hacerse oír por un público acatarrado que tosía más bien por desesperación.
Varias críticas recientes sobre este montaje teatral hablan de la conveniencia de que la directora conozca algo más del viaje de las artes escénicas centroeuropeas por el tiempo y su cultura, antes de desgajar y trasladar pedazos del cabaret europeo, o que frecuente las actuales experiencias en las que danza y teatro se combinan. Pero quizás la cuestión mayor sea su concepción sobre la función del teatro: como arma política, como lanza social en un mundo en el que al teatro se le exige que sea profesional; que no deje de ser un teatro estrechamente ligado a lo que es la sociedad actual, pero deje los divertimentos escénicos para Le Cirque du Soleil, que ya han creado escuela.
UN MONÓLOGO LLAMADO MITIN
La publicidad sobre la representación anunciaba también la existencia de un monólogo dentro de la obra, una incorporación de nuevo cuño en esa versión diferente que esperábamos del clásico. En 2018 la “causa España” de entonces está llena de nuevas cuestiones, de política reciente y, sobre todo, de futuro, la definición de ese futuro. Abrir los escenarios a la calle es recoger el sentimiento de lo que ocurre en ella. Pero una representación teatral no puede dejar de ser lo que es, ni delante de un espejo cóncavo, deformante. Si el grito de la calle no se transforma en esencia teatral cuando cruza el patio de butacas, el teatro como tal deja de ser útil, pierde su origen y su vocación: es un escenario de alquiler y oportunista.
Que el final de la “no casa” de Bernarda Alba sea, micrófono en mano, un discurso de diez minutos sin puntos ni comas, sin respiro, en el proscenio del escenario, hablando de los derechos de las mujeres, el machismo y el efecto físico que en la entrepierna de los hombres genera el concepto “sexo débil”, a mi me hubiera puesto “palote” en la Plaza Nueva o en un escenario de ese inmenso teatro que es el Arenal bilbaíno. Pero allí, entre los arcos barrocos recuperados del Arriaga, ese discurso/mitin rompió el mediano sabor de boca de la versión de la obra, barrió el recuerdo estético de los cuadros iluminados y esporádicos que vimos y dejó a los protagonistas de la obra, Eusebio Poncela e Igor Yebra fuera de juego de tal manera que el tímido aplauso final ya no era por su trabajo, sino por el mitin a destiempo. Nadie se acordaba ya de la Casa de Bernarda Alba, de ninguna de las dos.
La directora Carlota Ferrer quiso sentirse la Adela de Lorca y decidió protagonizar el papel, el determinante personaje esa enamorada hija de Bernarda, que representa la otra cara de la represión por su actitud y un brindis a la libertad con su propia muerte. Adela es la otra cara, sin duda alguna, de Bernarda Alba. Pero esa Adela original pasó indefinida por el escenario durante toda la representación. Hubiera sido bueno que esa Adela lorquiana hubiera salido al final de la representación e hiciera su discurso, su monólogo, con el lenguaje del teatro, sobre su significado, su sacrificio y su trascendencia.
En versión discurso, más parecía que la directora, sin el ropaje de Adela, tenían que explicar con el lenguaje burdo del mitin (aquí estoy, por mis cojones de mujer, venía a decir) a unos idiotas espectadores -incultos, insensibles, machistas vocacionales- lo que acababan de ver, por si no quedaba claro lo que Federico García Lorca escondía en su obra original, no en la del espejo difuso y sordo de la versión del Teatro Arriaga.

miércoles, 7 de febrero de 2018

SARGADELOS Y LAS MUJERES DE ISAAC DÍAZ PARDO

Hace años, más de once, el periodista Xosé Manuel Pereiro escribió para el diario El País una crónica sobre la crisis  de la fábrica de porcelana gallega Sargadelos. Esa crónica la titularon “Platos rotos en Sargadelos”. El título era cierto, pero no trasladaba la gravedad de esa crisis, porque no fue una simple riña famiiar.

En Sargadelos se cruzaba el arte, la industria, Galicia, el nacionalismo moderado de esa tierra, y los sueños de algunos artistas muy concretos de una época gloriosa de Galicia que la dictadura o el tiempo se llevó por delante.  Los platos rotos vinieron después de una larga historia de crecimiento, expansión  y portación de eso que muchos dan en llamar “marca Galicia” si no hubieran echado antes tanto chapapote sobre esa imagen de país.

En resumen, el fundador de la cerámica gallega perdió el control del grupo empresarial, porque pocas veces el arte y la industria se entienden en las mismas manos si no hay voluntad  y acierto por ambas partes.  De esa historia, de esa herencia, quedan figuras en cada rincón de Galicia y en una infinidad de casas de todo el mundo. La concha vieira del apostol Santiago y una figura, un plato o un vaso de cerámica de dibujos geométricos azules son parte de Galicia, como la lluvia, el mar y el deseo de volver que llamamos morriña.

Entre aquellos artistas e intelectuales que dieron luz y altura a Sargadelos sobrevivió Isaac Díaz Pardo, que fue la voluntad que se enfrentó a los supuestos nuevos tiempos (aún hoy, tantos años después, continúan los planes de reestructuración, disección, achicamiento). Él fue presidente de la Fundación que, a última hora se creó con la intención de aglutinar todas las partes de la empresa. 

Admirado, valorado y querido, Díaz Pardo es insigne en la historia de Galicia por encima de muchos otros compañeros suyos y de algunos mitos que el costumbrismo , la derecha y el nacionalismo más reciente alimentaron con tópicos y negocios.

Una pequeña parte de la inmensa obra de Díaz Pardo son estas piezas, que él diseño y vigiló hasta convertirlas en figuras de porcelana, casi vivas, a veces inquietantes, siempre personales. Sólo son tres de un grupo algo mayor. Pero valgan como homenaje a ese artista pluridisciplinar y a esa siempre cercana y deseada Galicia. 












domingo, 17 de diciembre de 2017

Siempre hay alguien

Hace 10 años, un editor gallego, Alejandro Diéguez, decidió publicar por primera vez en su editorial (Ézaro, Santiago de Compostela) un libro de poemas, el que yo había venido ordenando desde hace seis meses al menos sin ninguna intención sino la de dejarlo dormir con una cierta coherencia interior.. Hijo de un impresor y con una calidad comprobada por otros muchos libros que pude ver, la propuesta de Alejandro era la de alguien que había enloquecido o la de un amigo. Un poco de todo había, creo a estas alturas. Ese fue el primer libro de poemas de su editorial y el primer libro que yo publicaba, este de "Si pudiese hablar de ti". Más aún, la presentación en la capital gallega fue todo un alarde de amistad, calidad artística de los actores y actrices. De nuevo rodeado de amigos. Eso quería decir cuando le busqué un título al poemario. Siempre hay alguien cerca, si tu estás siempre cerca de alguien.

"Siempre hay alguien" es una selección de versos escritos durante los 12 años anteriores. Todos tienen un destino personal o, a veces, un simple grito.

Diez años después, comienzo a publicar aquí los libros que ya fueron editados de otra manera (!Nómada", en la misma editorial gallega y "Si pudiese hablar de ti",  en Añil Ediciones de Castilla-La Mancha) y los ya escritos y que aún no han visto la luz. Esta será una manera, cuando deje de escribir alguna vez, de devolver en mi final todo cuanto me dieron desde el principio.

Para descargarse gratuitamente "Si pudiese hablar de ti" sólo tienes que poner el cursor sobre el enlace de "descargar PDF" y el libro es tuyo, con su maquetación original, tal como salió de las manos de Ézaro Ediciones, de los paquetes de la imprenta y de mi incrédula mirada por tener entre los dedos un libro que no era de otro, sino de muchos otros.

Este es mi mejor regalo de reyes 2018.

Si os gusta, será hermoso.

Descargar PDF

viernes, 10 de febrero de 2017

Mi apodo es "Rosablanca"

A mi primo “Manolín” Romero Cabrera,  que quería saber


Probablemente debería haber nacido en un pueblo de la sierra cordobesa, a mitad de camino entre la dehesa y el agua que rozaba Los Nogueros; habría vivido allí y terminado por colocar las botellas del Café Español, junto a Manolín, el otro Manolín primo, mirando de reojo al estirado Machaquito y disfrutando las albóndigas de la tia Julia. Podría haberme encontrado junto a Felisa sonriendo a los clientes y verla hacer caricias a los críos en San Isidro.  Y probablemente, como muchos otros, habría terminado por vivir en Córdoba, Belmez, Pueblo Nuevo, Barcelona o Palma, porque nada hay escrito sobre nosotros.
Mi hermana Araceli es quien mejor conoce a los Serrano, la familia de mi madre, y a mi propia madre, que era la suya. A su pesar, no puede evitar ser más Rosablanca que Serrano, aunque de que se defienda de serlo. Pero tuvo la suerte de ser la primera y vivir esa etapa, si la hubo, en que los apellidos mandan poco y, aunque se viva en un corral, la ilusión de los comienzos tiene apellido propio. Luego no es peor; sólo es diferente. Todos los hermanos, aunque se pueda pensar otra cosa, arrastramos la envidia de los años que mi hermano Francisco vivió, hasta los 14, en el pueblo, y se que él puede haberlo vivido de otra manera. La llegada de la abuela Bernarda a Ciudad Real traía con ella el luto formal de la familia, pero su sonrisa era la de Villanueva, aquella casa difusa repartida por todo el pueblo de nuestra memoria, y las sombras de las parras. No era la envidia del decorado. Arrastrábamos el desgarro de estar donde no pensábamos estar sabiendo que existía ese lugar donde hubiéramos deseado seguir o comenzar a vivir.
Yo no tuve elección. Nací Romero porque, a esas alturas de la vida de los padres, un hijo tardío viene con los genes repartidos, aunque siempre ese miedo innato de los Serrano tuviera sobre mi una mano para protegerme, superprotegerme, fuese mi madre, mis hermanas… Mi padre marcaba duramente las normas de convivencia cuando estaba presente y consciente. Pero, al final, esa casa solo podía ser una república, amable, temerosa, llena de edades diferentes y desarrollos personales diferentes. Tal vez como todas, pienso.
Pero nací Rosablanca, también por despecho al entorno, al tipo de pandilla tantas veces excluyente, y el tiempo más dulce de la memoria siempre era cuando estaba o volaba hacia la fuente de La Membrillera mano a mano con Adela o con el beso de Concepción en la mejilla. Dejé de estar allí cuando creí haber encontrado una tercera vía entre lo que deseaba hacer y lo que me dejaban hacer y por eso elegí ir al Seminario, sólo por unos meses, pensando que allí vivía la paz, el sosiego. A doña Paz, la madre de un amigo, la conocí antes; era la madre que iba buscando, porque casi nunca nos gusta la nuestra, o no la encontramos cuando volvemos la cabeza, o no sabemos lo que queremos decirle y ella no lo adivina.
Con el tiempo, al poco tiempo, descubres que Dios no vive en los seminarios y vuelves al camino que habías apuntalado. Magisterio. La elección había sido fácil. En Ciudad Real estudiabas, si podías estudiar, Magisterio, Comercio o cura. Ya había fracasado en la primera opción y odiaba, odio las cuentas. Me gustaba y lo hice, eso de compaginar el estudio de la carrera de Magisterio con las clases en prácticas. Y descubrí que nunca podría ser maestro aunque me gustase la pedagogía y la historia, pero nunca podría ser capaz de enseñarla con la paciencia con que se hace una revolución cuando tienes otra en los pupitres y una más, la de los padres, llamando a la puerta de los cristales.
Ya escribía a los 14, gané algún premio a los 17 y fui periodista sin serlo hasta los 21. En esos años, entre los 16 y los 21, comprendí que debía descubrir mi propio apellido, sobreponerme a las carencias de ser Romero y Serrano, y romper la sobreprotección. Nadé vadeando las orillas familiares, disfruté de la facilidad de escribir, tener un pequeño sueldo por disfrutar y descubrí la inmensa fortuna de la amistad, ese punto de la escalada que tantas veces dejamos atrás sin comprender que allí no hay apellidos, que allí se deja media alma.
Volver a ser Romero es un proceso lento, porque a veces piensas que la inseguridad, el miedo, la terquedad, los nervios incontrolados… son grietas de ti mismo que van inundando de agua el barco en el que vas subido, soplando velas. Tampoco hay mucho tiempo para pensar. Ponerse en pie todos los días es la hora más amarga, siempre eliges un pie para levantarte aunque dejes otro atrás por un momento. Y elegir es un ejercicio diario que cuesta y tiene costes.
Un día, descubres que sobrevives, que esa mezcla de miedo, inseguridad, terquedad y suerte, también suerte, ha hecho que el camino que elegiste puede ser bueno, y mezclas oficio, imaginación y un gramo de riesgo. Con esa cartera cruzas un Ministerio, empresas, compañeros, ideas, y hasta cargos. También cruzas ciudades y España de norte a sur como una brújula loca cada equis tiempo, casa a cuestas y amores viajeros o a distancia.
Seguramente después de esos años, cuando ya has extendido los brazos a lo ancho todo lo que has sido capaz, uno se detiene porque empieza a sentir el hervor interno, la sensación constante de volver a identificarte después de tantos años dedicado a identificarte con los demás. Y una noche abres el ordenador y te salta a la mente el apodo “Rosablanca”. Lo has escrito de corrido, en una sola palabra, pero de ese nombre cuelgan tantos hilos, tantos recuerdos, tanta vida imaginada y tanto tiempo no recuperable que te pones a hacer lo que sabes como lo sabes: escribir.
Soy Romero, sin renunciar a ser Serrano, porque el espejo me lo recuerda a diario. He comprobado que ser “Rosablanca” no es una chapa roja en la solapa; es un camino regado de memoria en el que te vas encontrando lo que viviste, lo que no pudiste vivir, lo que olvidaste de vivir y, sobre todo, lo que tienes pendiente por vivir, si no renuncias.



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martes, 24 de enero de 2017

LA LEYENDA DEL REY DESTRONADO Y LA MUÑECA CHOCHONA

A mi amigo Miguel le ponen todos los días encima de la mesa de su residencia un manojo de lápices de colores para que los distinga y procure que esa realidad de madera le devuelva del lugar donde su memoria se ha refugiado o vaga buscando refugio. Lo suyo es Alzheimer, ya lo sabemos. Será difícil que se acuerde de quién era el rey de España que una madrugada nos salvó de un golpe de Estado; de quién era de verdad Adolfo Suárez, el falangista que llegó a ser el primer presidente de la democracia transitoria que se iniciaba entonces. Miguel sabía por entonces mucho de todo eso. En aquel tren que nos hizo recorrer el Cantábrico hablamos de esas cosas e incluso nos dio tiempo a ver en un pueblo en fiestas el Teatro de Manolita Chén, envuelto en melodrama y puntillas de vedette a ritmo de can-can.
Nadie es muy optimista sobre que mi amigo pueda volver a la realidad de la que parece huir y puede que hasta sea bueno, si no fuese porque algunas cosas, como la ternura, son parte de esa realidad aunque se nos olvide de no usarlas. Él, siempre inquieto, estaría igual de abochornado de la planicie social que España vive, como un secarral inmenso rodeado de casas cerradas a cal y canto. Y más sorprendido aún de que ese vacío sea el espejo de nuestra incapacidad de crecer en vez de achicarnos hasta el nivel de lo anecdótico, que ha pasado a convertirse en lo destacado, lo más notorio sobre nosotros.

(Foto Liberatión)
No es una anécdota que ese rey que reinó con la transición política surja ahora como la corona sucia de una monarquía que acaba de cumplir cuatro decenios desde su juramento, el de Juan Carlos I (22 de noviembre de 1975). Pero lo hemos convertido en el tema político más importante del país, sobre el que se piden comparecencias ministeriales, informes, investigaciones y, llegados a esto, comparecencias reales. Para muchos, ese viejo y duradero acontecimiento que una vedette de largas piernas ha vuelto a sacar a la luz, se ha convertido en la clave de arco por donde la transición política se derrumba, por si ya estaba poco deteriorada. O quizás se quiere que eso sea lo que la derrumbe.
Los nuevos republicanos y los viejos monárquicos andan a la greña por ver quién llega antes con el pico y la pala para dar entierro a ese periodo, al que le han puesto la vitola real alrededor del cuello como la soga al condenado a la horca. La pobreza del secarral, ese Alzheimer social que nos invade, quiere pasar por nuevo lo que ya sabíamos; por ejemplarizante socialmente hablando, lo que no es sino un aditivo más del espectáculo, porque nos aburrimos por inanición.
Medio país se rompe los hábitos frente a las espacios rosa de las televisiones y los más sesudos medios de comunicación. “¡Es la bomba¡”, vienen a decir. Como si fuésemos tan mayores, tan libres, que ya sacar del cajón los pañales sucios de la infancia es un arrojo de democracia; como si el ensordecedor silencio hipócrita que se ha mantenido durante decenios sobre esa cuestión fuera ajeno a nosotros.
Probablemente, si leyésemos un poco más de historia, la de verdad, no la del papel cuché o el plató tombolero, nos hubiera parecido menos importante todo aquello y menos relevante ahora, todo seguiría un hilo que no tiene que ver con la sangre, real o plebeya, sino con la cultura y la educación. A un rey cleptómano se le hubiera puesto un tratamiento o una ayuda personal. Pero que un rey montado en moto mantenga muñecas chochonas que su primer ministro le ha recomendado por conocimiento previo, ahora es un escándalo político que ensombrece un año de inseguridad institucional y cuatro años más de involución hacia aquel tiempo en el que la transición no estaba en el diccionario.
Miro a Miguel mientras navega por aquellos años y yo sonrío con el recuerdo del Teatro de Manolita Chén y la muñeca chochona, rubia, de piernas largas, escultural que nos llevamos en brazos hasta el tren sin saber muy bien qué hacer con ella. Éramos mayores para cometer el error de construirle una casa en Boadilla del Monte y no daba la talla para convertirse en objeto de placer. Pero ya sabíamos entonces que el error de los reyes y reinas era buscar cuernos por países exóticos o rincones iluminados por la calle de la Princesa. Malo fue que el rey destronado lo fuese por un cuerno africano y que sólo por eso pidiese perdón a los españoles. Peor aún que el interés viejo, hipócrita, sobre la muñeca rubia nos marque la agenda ética (quería decir política, pero me costaba).
Mi amigo Miguel y yo lamentamos en su día que la insigne Manuela Fernández Pérez, Manolita Chén, pusiese fin a las cuarenta temporadas de su circo y teatro ambulante. No sabíamos que en la rifa de aquella noche nos iba a tocar la rubia de labios entreabiertos ni que a estas alturas íbamos a ver a los beatos de la monarquía hacerse cruces y a los nuevos republicanos queriendo quitarle los polvos a la historia. 



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