
No había expresión en su cara. La ira histórica había ido siendo sustituida por las arrugas del dolor físico o el aburrimiento del entorno. Sólo aquella mano cercana a la suya para ayudarle a levantarse daba fe de que era un hombre, un saco de historia con faz humana.
Ahora que ha muerto, cuando reviven sus voces amigas y los enemigos están o muertos o son convecinos de esta democracia de póster y sonrisa, de nuevo vuelve a ser protagonista, en el capítulo final de su serie,
Galicia le guarda luto y los demás silencio.
En bañador o con la fusta del Movimiento, como embajador o como domador de rebaños sosegados, no es inútil olvidar que, pese a todo, es, era, uno más. Y que, mientras van muriendo, continua ese estremecedor reality de cenizas sin nombre.
Para él, sólo la tumba en Perbes es su calle particular, exclusiva. Los demás vamos barriendo el pasado de los callejones laterales de la memoria.
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